BACIS 24. NAD VS RUBER

Antes del universo, las galaxias y los mundos existió una energía que gobernante del vacío. Fue la primera palabra conocida por los Dioses y su miedo más grande. En un intento por destruirla la enviaron a los cielos de Bacis y  al  chocar con las nubes y las estrellas el color del firmamento cambió. Los Dioses supieron así que incluso ellos están por debajo de un poder superior. Debajo de la única palabra capaz de exterminarlos. Palabra que prometieron nunca entregarle a la humanidad. La NADA.

El aura de Ruber estremeció el coliseo. La energía se expandió por las gradas y el calor de su anillo quemó los estandartes de las Legiones colocados en la parte superior.  Barandales y columnas se agitaron.

    Su cuerpo irradiaba la misma intensidad de luz que el sol encegueciendo a los espectadores. La opresión que provocaba  el poder de Ruber quebró las escalinatas de la pista y las bancas donde estaban sentados los aspirantes. Nad no retrocedió un sólo paso.

—¡Vamos a morir!

—No seas llorón, Agelein.

—¡¿Quién  dijo eso que no veo?! ¡Sariel fuiste tú!

—Jo, jo, jo,

—Este es el poder de un líder de Legión – dijo Surypa.

—Es el poder de un Dios – contestó Eli.

—¿Cómo que el poder un Dios, Príncipe Supremo? –  preguntó Aznal.

—Los Dioses forjaron Anillos de Poder con su mismo nombre y escogieron a muy pocos para que los utilizaran. Estas sortijas se encuentran por encima de cualquier otra y quien la posea puede invocar la fuerza de una de las 99 Deidades. Sólo conozco a dos  personas con esta clase de anillo. Ruber. Y yo.

La temperatura se volvió insoportable. Los aspirantes transpiraban y las gotas de sudor les caían por las frentes. Intentaron limpiarse con las mangas de la camisa o agitaron las manos para que el aire los enfriara. El calor penetraba los poros, el cuero cabelludo y la garganta.

—Abre el techo, Odinos – pidió Ruber.

El Portador  tiró de la palanca que hacía permanecer cerrada la Arena. La cubierta del coliseo se desprendió y retrajo en cuatro. Nadie entendía cómo funcionaba el Centro de Inscripciones todavía. Encima de ellos estaba el cielo, por donde el calor escapó.

—Te estoy esperando – dijo Ruber.

—Lo sé – respondió Nad.

Si el joven sin anillo tenía alguna habilidad escondida este era el momento para revelarla. El público daba por perdido el encuentro. Los líderes de Legión se miraban un tanto decepcionados, los aspirantes temerosos y los Portadores seguían el combate por la mera satisfacción de ver pelear a Ruber.

—Agelein, no quiero sonar muy negativo pero creo que el Señor Oscuro ya perdió.

—Hay que esperar, Aznal. Nad es muy fuerte.

—Los Portadores se están burlando, miren – apuntó Sariel.

— Pronto dejarán de hacerlo – comentó Eli.

Nad alzó la mano derecha y el público enmudeció. Los nobles pusieron atención, Lobo Negro se levantó de su asiento, Odinos miró el reloj de arena para saber cuánto tiempo quedaba, la única integrante de la Legión de Cobre estaba nerviosa y Agelein brincaba de felicidad.

—¡Lo sabía! – gritó Agelein.

—Acaba de levantar la mano como si fuera a pronunciar el enunciado de invocación – notó Sariel.

—Oigan, ¿soy yo o nuestros anillos están brillando? – dijo Aznal.

—Los anillos de todos están brillando – respondió Tora.

—Surypa, tengo miedo.

—Yo también, Hedera.

—¿Cuál es tu poder, Nad? – se preguntó Eli.

Los cuatro líderes dejaron sus sillas. Las sortijas respondían a Nad.  Con la palma extendida, el brazo en el aire, los guantes oscuros protegiéndole las manos y el parche izquierdo en su lugar pronunció el temor más grande los Dioses.

—Palabra de la Creación. La NADA. ¡NANT!

El cielo se tornó purpura y  la lluvia invadió el coliseo. Los Portadores conocieron por primera vez la verdadera muerte. No la que llega en la guerra o a causa de una enfermad. Si no la que te observa por las noches mientras duermes y susurra a tu oído que pronto la acompañarás.

   Un aura siniestra envolvió Nad. En su mirada podía percibirse dolor y  sufrimiento.

—¿Palabra de la creación? Nunca había escuchado una categoría de ese tipo – comentó Chappir.

—No está usando ningún anillo, la palabra está clavada en su cuerpo. ¿Cómo es eso posible? – agregó Argen.

—¡Idiotas! ¡Qué idiotas somos! ¡Ruber siempre supo quién fue la persona que provocó el caos de hace dos semanas! ¡Y nosotros como idiotas reuniéndonos! ¡Tenemos que arrestar a ese joven! ¡Es un peligro para el Rey!¡No podemos permitir que alguien así entre a nuestra Orden! – gritó enfurecido Aurum.

—Cuánta tristeza y dolor hay en su interior, ¿qué te hicieron joven  Nad?– dijo Persa melancólica.

Las auras lucharon intentando no ser devoradas. El anillo rebosado de vida y llameante de Ruber  competía contra el poder siniestro y hueco de Nad. El coliseo no paraba de temblar. Del cielo caían rayos purpúreos y escarlatas al azar.

—¡Están al mismo nivel! – exclamó Agelein.

—Los Portadores han dejado de reírse – observó Tora.

—¡El Señor Oscuro es real! – gritó eufórico Aznal.

-¿Qué palabra invocó? – preguntó Sariel ensimismada.

—La NADA– repitió Eli.

La Arena temió al poder que habitaba  en Nad. Los Trillizos Merló se escondieron detrás de Hoba y este apretaba fuertemente la quijada del coraje, la emoción y el miedo. Ninguno de los presentes pudo fingir el pavor que les provocaba saber que alguien como él existía.

—¿Estás listo, Nad? – preguntó Ruber tronando su cuello.

—Sí.

Ambos dieron un paso al frente. El  suelo a su alrededor se hundió, los escombros más pequeños flotaron y  la pelea comenzó. Nad y Ruber corrieron en la misma dirección para encontrarse. Fijaron la vista, tensaron el abdomen y en el medio de la pista chocaron sus puños.

—No me voy a contener, Nad.

—Yo tampoco.

La colisión de energías sobrepasó los límites del Centro de Inscripciones. Los ciudadanos que se encontraban a fuera vieron cómo los ventanales y las puertas del edificio estallaron. Quienes vivían la lucha dentro del coliseo tuvieron que aferrarse a las gradas para no salir volando.

—¡Agárrense de Agelein! – chilló Sariel.

—¡Yo por qué!

—¡Príncipe Supremo, no me deje ir!

—¡Hedera! ¡Utiliza tus enredaderas!

—¡Eso intentó, Surypa!

—No puedo verlos – dijo Eli.

Nad y Ruber peleaban a toda velocidad. Se movían por el coliseo entero y por donde pasaban abrían un agujero. Los Portadores desplazaban sus cabezas en todas direcciones siguiendo sus pasos. La única huella que permitía  saber dónde se encontraban era la estela que dejaban sus auras cada  que impactaban.

—Ja, ja, ja, ja, ja, hace mucho que no me divertía con alguien.

—Ya veo.

Nad aprendía la manera de atacar de su oponente y el líder de la Legión Rubí evitaba un golpe directo.

    Dejaron de combatir por el entorno y aterrizaron en la pista. Ruber anticipó las patadas  de Nad. Esquivó, guardó la calma, esperó y con la potencia de su brazo arrojó un gancho. Un sólo ataque de Ruber podía asesinarte. El joven saltó y llegó hasta la abertura del coliseo.

—Acá arriba, amigo.

Ruber estaba por encima. El Portador unió sus manos para formar un mismo puño. Nad no pudo evadirlo esta vez. Cubrió su cabeza con los brazos y recibió la fuerza sobrehumana de su contrincante. El golpe lo mandó directo  al suelo sin posibilidad de frenar y partiendo la pista en dos.

—Uhhhhh – se escuchó en las gradas.

Ruber cayó con la planta de los pies para aplastar el pecho de Nad. Este dio una pirueta hacia atrás y los zapatos del Portador se incrustaron en lo que quedaba de la plataforma. Casi en cuclillas por la caída iba a tardar unos segundos en acomodarse. Así que el joven aprovechó la posición en desventaja.

—Es mi turno – dijo Nad.

Apuntó a la mejilla derecha, preparó el empeine, giró la cadera y embistió. Ruber protegió su rostro con el antebrazo pero no fue suficiente. En esta ocasión fue él quien salió expedido. Arrastrado por la fuerza de Nad, trababa de sobreponerse anclando sus piernas a la pista.

—¡El Señor Oscuro acaba de pegarle al Portador más fuerte de todos los tiempos! ¡Qué está pasandoooo! – gritó Aznal.

En la Arena no podían creer que un líder de Legión pudiera ser atacado. Nad apareció debajo de la boca del estómago de Ruber, quien apenas logró detenerse. El aura purpura se concentró en los nudillos del joven y se dirigió al contrincante.

—Tal vez otro día, amigo.

Ruber detuvo la muñeca de Nad. Aprisionado y sin posibilidad de desprenderse, fue testigo del vigor inagotable de quien decían era el Portador más fuerte de todos los tiempos. Las venas de sus brazos se sobresaltaron y el halo llameante de su anillo quemaba. Lo jaló hacia así y le arremetió con un cabezazo.  Nad advirtió la abertura que se formó en su frente y la sangre escurriéndole.

—Ven por un abrazó del tío Ruber, ja, ja, ja, ja.

Mareado y con la vista nublada quiso retroceder. Su oponente no se lo permitió. Utilizando la parte interna del brazo el Portador reventó el estómago del joven. Sin poder recuperarse, un codazo se avecinaba a la quijada. Nad se agachó, colocó las manos en el suelo y giró por encima de Ruber quedando a sus espaldas.

—Lo que acaba de hacer … — señaló Argen.

—Es el mismo movimiento de Guru – recordó Chappir.

—¡¿El viejo sigue vivo entonces?! – vociferó Aurum.

—Pobre Ruber, le va a dolerrrrr – bostezó Persa.

La espinilla de Nad estalló contra la cabeza de Ruber. El Portador perdió el equilibrio y su cuerpo fue a dar hasta el borde de la plataforma. Rápidamente se reacomodó y con los dedos de la mano probó la sangre que escurría desde su ceja hasta la barbilla.

—¡Nad, amigo! ¡¿Quién te enseñó ese movimiento?! – gritó Ruber.

—Un viejo inútil.

—¡¿De casualidad se llama Guru?!

—Ni idea de quién sea.

El coliseo se caía a pedazos. Algunos fragmentos de la pista estaban desperdigados por las gradas, de las bancas para los participantes sólo habían quedado morunas, las banderas de las Legiones terminaron hechas cenizas y las paredes se agrietaban ante cada choque de auras.

—¡Nad! ¡Te propongo algo!

—¿Qué cosa?

—¡Yo recibiré un ataque tuyo sin moverme y luego tu recibirás uno mío! ¡ ¿Aceptas?! ¡Di que sí!

—¿Por qué?

—¡Será divertido! Y quiero sentir esa palabra– dijo Ruber más serio.

—Ya veo.

El cielo purpúreo oscureció y de nuevo el aura siniestra de Nad se hizo presente. En la palma acumuló la energía de tal manera que moldeó una esfera diminuta. Su tamaño no sobrepasaba el de una mota de polvo. Sin embargo podía sentirse la gran cantidad de poder que contenía. Nada sopló la esfera hacia Ruber.

—¡No me subestimes, joven!

La partícula viajó lenta por el coliseo hasta llegar al pecho del Portador. Parecía débil e inofensiva a simple vista. Ruber esperó a que sucediera algo pero como nada pasaba aplastó con su mano la esfera. Cualquier otra persona habría muerto bajo las mismas circunstancias. Pero no olvidemos que él era el Portador más fuerte de todos los tiempos.

—¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!

La agonía de Ruber se escuchó en todo el Centro de Inscripciones. Nad había exprimido una gota de la palabra con la que lo condenaron y al momento de ser aplastada se expandió una prisión esférica de energía que se alimentaba del usuario y lo electrificaba a la vez.

—Es  un monstruo– dijeron varios Portadores refiriéndose a Nad.

La audiencia entró en pánico. El líder de la Legión más importante en Otaez estaba siendo derrotado. Aurum, Argen, Chappir y Persa no dijeron nada. Los participantes imaginaron cómo sería estar bajo esa prisión de energía.

—Ja, ja, ja, ja estaba jugando.

Ruber sonrió dentro de la prisión y se liberó de ella con el poder de su anillo. El aura llameante deshizo la energía de Nad y el Portador regresó a su estado original. O eso se quiso hacer creer. La verdad era que su ropa había sido evaporada casi por completo y cada rincón de su cuerpo sangraba.

—Ufff, esto estuvo cerca, amigo – dijo Ruber sonriendo y empapado de sangre. – Me toca.

Portadores y aspirantes no supieron si sorprenderse porque hubiera sobrevivo al ataque de Nad o por lo que sucedió a continuación. Ruber reunió su propia energía en uno de sus dedos y esta fue adquiriendo mayor volumen. Lo que sostenía era el Sol.

—No te muevas, amigo. ¡Solent-parcial! ¡Cataclismo solar!

Son pocas las ocasiones que uno puede ver el pronunciamiento de un enunciado de ataque por parte de los cinco Líderes. Y en esta ocasión se trataba del Portador que había hecho cenizas el territorio enemigo sin parpadear. El sol avanzó hasta Nad. Su resplandor enceguecía al instante.

—Ya veo.

El Sol y la Nada se enfrentan. ¿Quién ganará? ¿La luz o el vacío? ¿Podrá Nad sobrevivir al ataque de un Dios? El examen de Portadores llegará a su fin en el próximo capítulo.