BACIS 22. ESA ES MI LUCHA

Los Anillos de Poder según la creencia popular están repartidos conforme al estatus social del usuario. Es por ello común que los Portadores con las mejores sortijas  pertenezcan a la nobleza. Aunque existen casos aislados en el que de un pueblo nace alguien con un gran anillo. Y esos, son los más envidiados.

Surypa acababa de ganar. Regresó a las bancas sudorosa, cansada e ignorando el abucheo que produjo su victoria. Los Portadores pertenecientes a la nobleza no estaban contentos con los últimos resultados. Sólo quedaban tres peleas para concluir el examen.

—¡Bien hecho, Surypa! – la felicitó Hedera.

—Gracias, Hed, creí que no lo lograría.

—Pero lo hiciste mejor  que nosotros. Y obvio mejor que Aznal.

—¡Ey! ¡No hables de mí!

De los 30 participantes, 17 habían logrado superar la prueba. Sin embargo, por extraño que parezca sólo 8 de ellos pertenecían a la nobleza, incluyendo a Sariel. Este año, aparecieron jóvenes de pueblos desconocidos con grandes anillos.

—Guru – bramó Aurum.

—Todo lo que nos contó parece ser verdad – dijo Argen.

—Los Anillos de Poder se están acabando  y los últimos usuarios vendrán de las partes más olvidadas del reino – confirmó Chappir.

—¿Qué irá a pasarrrrr? – bostezó Persa.

Los participantes que venían de lugares muy alejados y pobres celebraron. Ya los conocemos a todos. El equipo de las jóvenes aves, la pareja conformada por el joven gallo y el joven flecha, los amigos de lodo y barro. Y el grupo de Aznal, Surypa, Hedera y Tora.

    Adolescentes nacidos en pueblos explotados por la nobleza  que decidieron emprender el viaje hasta la capital del mundo para tener una oportunidad y sacar del hambre a sus familias. O en todo caso vengar a sus amigos y familiares quienes les habían sido arrebatados por no cumplir con los impuestos asignados por el rey.  Mismos que subían cada año.

—Tierra plana llamando a Eli. Despierta – tronó los dedos Sariel.

—¿Qué pasa?

— ¿Andas en la luna de los nobles o qué?

—Estaba pensado.

—Los nobles piensan, un misterio menos qué resolver.

—Chistosa.

Eli pensaba en cómo se enojaría su padre cuando se enterara que los vasallos superaron a la nobleza en el examen. El rumbo de las Legiones parecía cambiar tras la aparición de estos jóvenes y la llegada de Nad. La primera persona sin anillo en inscribirse para ser Portador. Al final reflexionó sobre la decisión que estaba tentando a seguir y cómo esto podría afectar el futuro de Otaez.

—¡Estamos listos para el penúltimo combate!

Odinos gritó. La audiencia estaba ansiosa por saber qué resultado tendría la última batalla. Ruber aún no aparecía pero la tensión iba aumentando conforme el turno de Nad  se acercaba. Este seguía acostado en la banca. A diferencia del penúltimo aspirante en presentar el examen.

—Vamos, Agelein, no seas llorón.

—¿Y si me mata? ¿Y si me lanzan al techo también? Tú no lo sabes, Sariel, pero soy muy joven para morir.

—Tienes un serio problema de exageración.

—No exagero!

—Mucha suerte, Agelein, seguro que lo harás bien.

—Gracias, Eli, ojalá tuviera un poder como el tuyo.

—Ya, ya, vámonos de aquí, llorón. Si te pasa algo yo me quedo con Nad, mi esposo.

—¡Sariel!

Agelein se dirigió a la pista. Por fin era su turno. La llegada al reino, su encuentro con Nad, el entrenamiento, la invocación de su anillo, todo parecía haber sucedido hace mucho. Nadie iría en su ayuda esta vez ni un poder misterioso lo salvaría. La única forma de aprobar era haciéndolo por su cuenta.

—Qué sorpresa se llevara este niño

—Aurum, todavía no puedo creer que hicieras algo así.

—Calláte, Argen, esta es mi Legión y no dejaré que entre a ella pura escoria.

—Lo hiciste para molestar a Ruber.

—Si él puede poner sus reglas, ¿por qué yo no?

Antes de llegar con Odinos, Agelein dio media vuelta para ver una vez más a Sariel. Desde que lo salvó en la primera prueba sentía una conexión extraña hacia ella y si los dos irían a Legiones diferentes por lo menos deseaba confesarle lo que pensaba. Incluso si tenía que luchar contra Nad para lograrlo.

—Sariel.

—Te van a eliminar si no te presentas, llorón.

—Gracias por ayudarme en la primera prueba y por ser mi compañera de equipo.

—¿Te sientes bien? Andas más llorón que de costumbre.

—Sariel, ammmm, yo sé lo que sientes por Nad pero quiero decírtelo de todos modos. Me gus…

—¡Participante! ¡Será eliminado si no se presenta ya!

Agelein corrió a la pista sin terminar de decir lo que quería. Sariel se quedó perpleja unos momentos pero de inmediato bostezó, dándole poca importancia a lo que acababa de suceder y resistiendo las ganas de dormir. Odinos recibió a Agelein.

—¡La penúltima pelea será entre Agelein, aspirante a la Legión de Oro, contra La Domadora, Portadora de la Legión de Oro!

Agelein no entendió qué decían los espectadores. Odinos también dudo al pronunciar el nombre de la oponente y revisó por segunda ocasión la tablilla donde estaban escritos los combates. Tras rectificar le dio la bienvenida a la luchadora, misma que venía llegando.

—Escúchenme, pase lo que pase no interfieran.

—¿Qué dice, Príncipe Supremo?

—No importa que vean o que escuchen, quédense aquí.

—Eli, odio decirlo, tiene razón.

—¿Tú también, Sariel? – preguntó Hedera.

—En cuanto termine la pelea me encargaré de que mi hermana consiga un médico.

—¿Qué están diciendo? ¿Sariel? ¿Príncipe Supremo?

—Agelein está en peligro y debemos ser cuidadosos si no queremos que muera – dijo Eli.

La Domadora era la subordinada más peligrosa en la Legión de Oro. Su presencia se reservaba para los casos más especiales. Aquellos que incluían la tortura y el asesinato. Sólo Aurum conocía su rostro, ya que siempre aparecía con una máscara hecha de ropa vieja  y dos látigos de cuero en cada mano.

—No hagas una escena, por favor.

—Odinos, el único que puede decirme qué hacer se encuentra sentado allá arriba.

—Sólo es un niño.

-¿Desde cuándo te preocupas por los siervos? Es el examen de Portadores ¿no? Los Portadores mueren, y a veces mueren muy lento.

Odinos suspiró y se puso frente a Agelein como si quisiera decirle algo. Evitó cualquier comentario, volteó al palco donde estaban los líderes, intentando que estos detuvieran el combate. Al no recibir  ninguna respuesta sacudió el reloj de arena, lo hizo girar y los quince segundos del penúltimo combate iniciaron.

—¡EMPIECEN!

Nad se paró de inmediato. Eli y Sariel contuvieron a Aznal y Hedera. Odinos volvió a suspirar, los trillizos Merló rieron  y Aurum miró contento la escena. La Domadora acababa de someter el cuello de  Agelein con uno de sus látigos. El cual estaba hecho de púas.

—El líder Aurum te manda saludos.

Agelein no podía respirar y las púas se iban apretando. Con las dos manos  quiso deshacerse del látigo pero lo único que consiguió fue el que filo de  las cuchillas le rebanaran las palmas. Aun así, con la sangre escurriéndole por el brazo y el cuello intentó liberarse.

—La Legión de Oro es muy especial con sus integrantes, sobre todo con quienes son amigos de gente que no pueden utilizar anillos. ¿Sabes a lo que me refiero?

Los ojos se le comenzaron a inflar y la boca se le puso color morada. El aire apenas entraba por sus pulmones y los aguijones del látigo penetraban sobre la carne, tentando las venas para reventarlas. Al borde de perder la consciencia, Agelein cayó sobre una rodilla al piso.

—¡Tú! ¡El que no tiene anillo! ¡Mira lo que le pasa a quienes te siguen! 

Nad intentó controlarse. Enfurecido por dentro y apretando los dientes soportó las ganas de ir a la pista. Se maldecía por haber dejado que Agelein se involucrara tanto con él. El sentimiento fue el mismo que cuando de niño vio los cadáveres de sus padres, el mismo sentimiento que cuando Lura apareció.

—La prueba no está hecha para tus venganzas personales, Aurum.

—Como digas, Argen. Pobre joven, mira cómo está impotente por su falta de anillo y no poder salvar a su amigo. ¿El próximo líder del grupo chatarra? Ja, para nada.

Agelein apenas alcanzaba a ver a Nad. De manera borrosa y oscura distinguía su capa y el parche en el ojo izquierdo. Dominado en el suelo y perdiendo la consciencia intentó abrir la boca para hablarle pero el látigo se lo impidió asfixiándolo más.  A quién quiero engañar, no estoy hecho para ser un Portador. Sera mejor que regrese al pueblo para ayudarle a mis padres en la mansión de los Merló.

—Agelein.

—Hay que estar listos para recogerlo, Sariel.

—No, Eli, él tiene que ganar.

Tres golpes con la palma en la pista significaban que el peleador se rendía. Agelein dio el primer manotazo. Abatido, sin aire y con la cara hinchada decidió darse por vencido.  El anillo no daba ninguna muestra de su poder y si no acababa rápido con el combate moriría.

—Así está mejor, niño. Igual nunca hubieras servido en nuestra Legión. Necesitamos guerreros, no sirvientes. Vamos, dale otro golpe al suelo – apretó el látigo La Domadora.

El segundo manotazo. Agelein sintió cómo sus fuerzas se desvanecían, el filo de las púas terminó por perforar varios centímetros de su cuello. Eres un tonto, Agelein, sólo sirves para tender las camas y darle de comer a los cerdos. Ríndete ya y vete de aquí, no naciste para portar un anillo.

—Adiós, pueblerino – dijo Merló 1.

—Nos vemos en la casa, pueblerino – continuó Merló 2.

—En la casa, pueblerino – arremedó Merló 3.

En la selva creyó que había superado a los trillizos, que ya nunca se atreverían a tocarlo o meterse con su familia. Pero estaba muy equivocado, los vasallos están para servirle a los nobles no para sentarse a su lado. Agelein levantó su mano para dar el tercer golpe y rendirse.  Lloraba.

—¡Saca tu poder, Agelein! – gritó Hedera.

—Está derrotado – dijo Tora.

—Odio a los nobles, Surypa.

—Yo también, Aznal. Por eso estamos aquí, para defender a los que son como nosotros y Agelein.

Voy a presentar el examen de Portadores y regresaré a sacarlos de aquí. Esto fue lo que le dijo Agelein a su familia antes de partir a la gran ciudad. Ellos lo miraron tiernamente, lo abrazaron y le desearon un buen camino. Los dedos fueron bajando uno a uno sobre la pista.  

    Nad presenciaba desesperado el combate. Ya había intervenido una vez en el enfrentamiento de Eli y no quería volver a hacerlo. Aunque las circunstancias eran distintas,  le estaban arrebatando el único deseo que tenía su amigo. Convertirse en Portador y salvar a su pueblo.

Nad, ¿sabes? Nunca he tenido un amigo, ¿quieres ser el mío?

Yo no tengo amigos.

Está bien, disculpa si te molesté.

Pero voy a pensarlo.

La conversación que tuvo con Agelein mientras entrenaban lo invadió. Desde la muerte de su familia no se sentía vinculado hacia ninguna persona, sin embargo al conocer a Lían y posteriormente a Agelein tuvo la sensación de que tal vez todavía era capaz de albergar tales sentimientos por alguien. Nad dejó que sus sentimientos hablarán después de diez años de estar encerrados.

—¡Agel! ¡No te rindas! ¡Enuncia, Agel! ¡Enuncia!

A los espectadores les tomó por sorpresa que Nad tuviera un arrebato de ese tipo. Lo que conocían acerca suyo es que era alguien  abstraído y que parecía no tener aprecio por nadie. Eli lo miró atónito y Sariel quiso ocultarlo pero estaba llorando. La lucha aún no acababa.

—¡AGELANT!

Agelein pronunció el enunciado de invocación. El látigo pareció marchitarse sobre su cuello y sus heridas sanaron al instante. El aura dorada que envolvía su cuerpo se había hecho más potente que la última vez. Sostenido sobre sus dos pies, con el poder de la sortija activado y su determinación recuperada dijo lo siguiente.

— Nad se convertirá en el nuevo líder de la Legión de Cobre, es algo que no pueden evitar.  Y yo estaré ahí  para protegerlo a él y a mi pueblo. Esa es mi lucha.

—¡COMBATE TERMINADO!

Agelein abandona la pista dejando impresionada a la Arena. Sus palabras aumentan las expectativas acerca del joven sin anillo. El examen de Portadores está por terminar y con ello dará inicio la verdadera búsqueda de Bacis. La tierra de los Dioses.