BACIS 21. LA DETERMINACIÓN DE UN NOBLE

La manera correcta de dirigirse a la realeza es con la cabeza gacha y la mano derecha en el pecho. Todo el que ose hacer lo contrario debe ser castigado según las leyes. Sólo la muerte puede pagar tal falta.

El estilo de pelea de Eli cambió. Al escuchar a Nad, Agelein y Sariel recordó lo que le había prometido a su madre. De esta manera reanudó sus ganas de luchar.

—¿Quién se cree para hablarle así a su Majestad?

—No tiene educación, ¿de donde viene no le enseñaron que ante la realeza hay que inclinarse?

La actitud del joven con capa negra frente al príncipe alteró a la nobleza. Consideraban una grosería que alguien de bajo nivel le hablará de aquella manera. Lo mismo para los  participantes que lo apoyaban desde las bancas. Armando coreografías y  porras.

—¡Denme una P!

—¡Aznal, basta!

—¡Denme una S!

—¡Aznal!

—¡¿Qué dice?!

—¡Nos van a descalificar por tu culpa!

—¡Príncipe Supremo!

—¡Eso no tiene sentido, Aznal! – Hedera se escondió de la vergüenza.

Lobo Negro sabía que el heredero al trono no era una persona común. Entrenado desde niño, podría decirse que ya estaba listo para ser Portador.

    Las participantes lo miraban envilecidas. Con el cabello cayéndole por los hombros, la camisa desgarrada y el sudor escurriéndole por la frente, Eli sorteaba los zarpazos. Controlaba sus exhalaciones para no fatigarse e iba alcanzando la velocidad del oponente.

—¡Aumentemos el paso, Majestad! ¡Licantronont! ¡Lobo a media luna!

Las manos y los pies  se convirtieron en las patas de un lobo. Aunque al tener el anillo del Licántropo, sus extremidades conservaron ciertas características humanas. Aspirante y Portador estaban dando el mejor combate hasta el momento.

—Eli está luchando a la par contra un Portador – dijo sorprendido Agelein.

—Apenas y puedo distinguirlos – respondió Aznal.

—Eso no es nada para mí – presumió Sariel.

Eli esquivaba sin perder la calma. La transformación de Lobo Negro potenció su rapidez y cualquier distracción la pagaría caro. Encontró el hueco que esperaba, justo al costado derecho. Se encogió para meterse en la defensa del adversario y preparó su puño.

—Consejo de la Legión Rubí. Defensa abierta, trampa clara. 

El golpe quedó en el vació. Lobo planeó que se dirigiera a ese punto y utilizando sus patas se deslizó a un lado. Eli intentó recuperar su posición anterior pero la velocidad del adversario lo sobrepasó.

—¡Eli, cuidado! – gritó Agelein.

—¡Príncipe! – exclamó Hedera preocupada.

—Tonto – dijo Nad.

Eli no pudo hacer nada  y el impacto de la garra  lo hizo rodar sobre la pista. Rápidamente logró ponerse de pie. La parte superior de su camisa estaba desecha, dejando ver parte de su pecho y cuatro hilillos de sangre escurriendo.

—Agelein ¿estás seguro que tu amigo peleó contra el mismo Portador?

—Estoy seguro, Tora. ¿Por qué?

—Si el Príncipe de Otaez no puede contra el Tercero al Mando de una Legión y Nad sí entonces no me quiero imaginar qué tan fuerte es.

—Don príncipe maravilla no está peleando enserio – dijo Sariel.

—¿Cómo sabes? – preguntó Agelein.

—Jo, jo, jo, ese es un secreto.

Eli hacía todo lo posible por contener el poder de su anillo. Este palpitaba ante cada jadeo, desesperado porque su usuario lo llamara. Sin embargo quería utilizarlo como un último recurso. Además todavía le faltaba entrenamiento para dominarlo.

—Cuidado con el rostro, Majestad.

Lobo Negro corrió a cuatro patas. Parecía una montaña  trasladándose en zigzag por la pista. Acechando a su presa, esperando la siguiente oportunidad.

    El Portador brincó y con el talón de una de sus patas embistió. Eli logró moverse y el golpe perforó un trozo de la pista. Suspendido con una sola pierna Lobo estiró su garra para alcanzarlo pronunciado al mismo tiempo el enunciado de ataque.

—¡Licantronent! ¡Quinque Zarpazo!

La fuerza del anillo se acumuló en la punta de sus garras. Al tener activado el enunciado de transformación y combinarlo con el de ataque realizó una técnica que sólo los Portadores con la experiencia suficiente dominaban. Cinco largas franjas de energía salieron expulsadas de su zarpazo.

—¡Ya me lo mataron! – chilló Aznal.

—¡No digas eso! – respondió Agelein.

—Tonto – dijo Nad.

Lo único que pudo hacer fue cubrirse el rostro con los brazos. Las franjas de energía le dieron de lleno en el cuerpo terminando por desgarrarle la ropa. Pantorrillas, antebrazos, estómago y muslos estaban repletos de rasguños. La sortija de Eli palpitaba.

—¿Por qué no peleará enserio?

— Le gusta hacerla de emoción, Agelein – respondió Sariel.

Los pensamientos de Eli iban hacia su madre, hacia el rostro escondido de su padre y hacia Nad. Si quieres defender a esta gente,  la que dices que mantiene la riqueza de tu padre y los nobles, primero ve y conócelos. Eso le dijo Nad en la selva.

—¿Todo bien, Majestad?

—He estado distraído. Me disculpo por ello y espero que no pienses que no te tomó enserio. Un conocido mío está a punto de cambiar las reglas y quiero estar junto a él cuando suceda. Ojalá tu Legión pueda perdonarme.

—¿De qué habla, Majestad?

—Esta pelea ha terminado.

Sólo una fracción. Eli dejó salir una fracción de su poder. No pronunció ningún enunciado, simplemente exhaló y una porción de la energía contenida fue liberada. Nad levantó su capucha sonriendo. Lo llevaba esperando desde el día que lo vio bajar de la carreta junto a los nobles.

—¿Nuestra Majestad también? – dijo Aurum.

—Se supone que sólo puede existir un anillo por mundo si es que creemos en lo que nos contó Guru ese día – comentó Argen.

—Ya serían tres anillos tomando a consideración los rumores que nos han llegado de Cineris – agregó Chappir preocupado.

—Ruber acaba de conseguir un miembro muyyyyyy poderosooooo – bostezó Persa.

Un aura sangrienta cubrió el cuerpo de Eli. Su cabello flotaba y cambió de color por la mitad al igual que sus ojos. Del lado derecho persistía el tono plateado y radiante, en contraste a su lado izquierdo que había adquirido el matiz rojizo de la sangre.

—¡Príncipe Supremo! ¡Qué guapo es!

—No se parece nada a Eli –dijo Agelein.

—Ash, Don presumido– se quejó Sariel.

—Nuestros anillos están respondiendo a su poder – señaló Tora.

—Nunca había sentido una energía igual – dijo Surypa.

—Parece un Dios – mencionó Hedera asombrada.

La pequeña demostración del poder de Eli dejó sorprendida a la audiencia. Por otro lado los nobles morían de envidia al enterarse que el príncipe estaba más allá de sus capacidades. Hoba que ya había visto esa fase de su hermanastro se mantuvo en silencio junto a los trillizos Merló.

—Si tan sólo lo tuviéramos de nuestro lado – dijo Merló 1.

—Si lo tuviéramos de nuestro lado – arremedó Merló 2.

—Nuestro lado – siguió Merló 3

—Admiren este momento, es lo más cerca que estarán de un Dios – agregó Hoba.

Lobo Negro retrocedió. Espantado por la energía que emanaba el príncipe y lo hueca de su mirada. No pudo distinguir ninguna emoción por parte del joven. Parecía estar vacío y sus ojos desprendían un sentimiento atroz.

—Majestad, puedo notar que aún le cuesta trabajo dominar la sortija, le pido que tenga cuidado. Ruber se encargará de enseñarle en su momento.

El Portador ya no estaba  seguro de querer seguir el combate. Los vellos de sus patas se erizaron y las piernas le temblaban. Al parecer tendría que luchar de verdad aunque le prometió a Ruber  que sólo provocaría lo suficiente al príncipe como para que revelara la identidad de su anillo.

—Todo sea por cuidar mi nariz, Majestad. ¡Licantro..!

—Guardia abierta, trampa clara.

Eli desapareció. Nad y los cuatro líderes fueron las únicas personas en el coliseo que supieron qué sucedía. En realidad no es que se hubiera esfumado, su velocidad acababa de superar a la de todos los Portadores. Por esa fracción de poder, el cual no duraría mucho, Eli logró estar al nivel de un líder de Legión.

—¡¿A dónde se fue?! – exclamó Aznal.

—¡Desapareció! – dijo Agelein.

—Ash, Don maravilla otra vez– se quejó Sariel.

El cabello flotando, la mirada perdida,  la ropa desgarrada  y el puño en alto. Eli se encontraba a pocos centímetros del rostro de Lobo Negro. El Portador pensó de nuevo en Nad y cómo este tenía la intención de matarlo antes de que suplicara por su vida. Era como si la escena se repitiera.

— Fuuuuuuuu.

Nad sopló en dirección a Eli. La brisa viajó hasta su puño,  lo abrazó y cuando este asestó el golpe lo único que provocó fue que la fractura de la nariz de Lobo Negro se abriera otra vez. No hubo señal de su poder y el cabello regresó a su forma original. Plateado y radiante.

—Le falta aprender a controlarlo – dijo Chappir.

—Por suerte para nosotros si no íbamos a tener que intervenir – agregó Argen.

—El Tercero al Mando de una Legión no pudo contra un adolescente, qué vergüenza– bramó Aurum.

—Eso estuvo muyyyy raro – bostezó Persa.

—¡Tiempo! – gritó Odinos.

Eli volteó hacia Nad. Acostado en la banca y con las manos al cuello fingió dormir. Lobo Negro todavía no se recuperaba de la conmoción y se retiró de la pista sosteniendo la fractura de su nariz y aguantado el chillido.

—¡Felicidades, Majestad! ¡Acaba de aprobar el examen de Portadores! ¡Oficialmente será miembro de la Legión Rubí en la ceremonia final! ¡Por el momento le pido que tome asiento junto a los demás nobles! – exclamó Odinos en reverencia.

Eli se dirigió hacia Nad. Intranquilo iba a encararlo para saber el motivo de que hubiera intervenido en su combate, hecho que nunca creyó que fuera capaz de hacer. Su actitud no pasó desapercibida y el público lo siguió.

—¿Por qué me detuviste?

—¿De qué hablas?

—Sabes bien de lo que estoy hablando.

—Baja la voz.

—¡Soy el Príncipe Otaez! ¡Puedo alzar la voz si me place!

—Lo que usted diga, Majestad.

—Entonces responde. ¿Por qué lo hiciste?

—Nunca he escuchado que un príncipe mate a uno de sus súbditos. ¿Y tú?  Porque justo eso ibas a hacer.

Prométeme que sólo usarás el poder tu anillo para proteger al pueblo, Eli. Promételo. La voz de su madre retumbaba en su cabeza y ahora entendía. Si Nad no hubiera intervenido habría hecho algo de lo se arrepentiría siempre. Avergonzado no supo más qué decir y se retiró en silencio.

    Los líderes de Legión prestaron atención a medias a la conversación. A la vez en las gradas los Portadores murmuraban sobre la relación entre el heredero al trono y el plebeyo. Odinos dejó que su Majestad se reuniera con los participantes antes de dar aviso al próximo combate.

—¡Eli! ¡Ganaste! – lo felicitaron todos a su llegada.

—Agelein – dijo Eli.

—¿Sí?

—¿Cuál es el lugar que busca Nad?

—Bacis.

— Si eso es lo que quiere estaré ahí para que lo logre.

—¿De qué hablas, Eli?

—Lo ayudaré a encontrar la Tierra de los Dioses.

—¡Siguiente! – gritó Odinos.

La determinación de Eli se hace clara. ¿Pero cómo pretende ayudar a Nad si ahora será miembro de otra legión? Además, ¿qué clase de anillo posee y por qué se dice que sólo existen tres en el mundo? ¿A quién le pertenece la otra sortija? ¿Qué es Cineris? El combate ha dejado muchas dudas y a lo lejos se escuchan los pasos de Ruber.