BACIS 20. HIJOS DE LA GUERRA

Tras la victoria de Sariel los ánimos cambian en la Arena de Portadores. Los combates continúan pero esta vez el resultado es otro. Parece que las Legiones sí tendrán nuevos miembros. En la banca se prepara el heredero de Otaez.

—¡Vamos, Aznal! ¡Tú puedes!

—¡Ya te escuché, Hedera!

—Cuida tu retaguardia.

—¡Entendido, Príncipe Supremo!

—No gastes la energía de tu anillo.

—Eso intento, Tora.

Aznal blandía dos lanzas y apuntaba con ellas a todas direcciones.  Su oponente era acreedora de la palabra hormiga. Disminuyendo su tamaño y multiplicando su fuerza cien veces mordió los muslos, las pantorrillas, el cuello y los dedos del aspirante.

–—¡Tiempooooooo! ¡Combate terminado!

Los quinces segundos llegaron a su fin y el joven se dejó caer sobre la pista. Lloraba de alegría y su sueño acababa de cumplirse. Ser un miembro oficial de la Legión Esmeralda. Tora y Hedera brincaron contentos por su logro y Surypa aplaudió emocionada. La Portadora contra la que luchó le dio la mano para que se levantara.

—Mi nombre es Micida. Será un gusto recibirte en los cuarteles de la Legión Esmeralda. Para que cambies las almohadas de la líder. Hasta pronto.

—¡¿Ehhh?!¡Yo no quiero cambiar almohadas!

Los trillizos Merló también consiguieron superar la prueba. Merló 1 concluyó su combate lamiéndose los dientes con la lengua bífida y abrazando a sus hermanos por la victoria. Pronto recibirían el tabardo de la Legión Zafiro.

—Seremos los más importantes de esa Legión – presumió Merló 1.

—Los más importantes– siguió Merló 2.

—Los importantes – arremedó Merló 3.

Pica y Prunella, la pareja de competidoras que podían transformarse en urraca y acentor fueron las primeras en entrar a la Legión de Plata. Hedera quien se inscribió para el mismo grupo asediaba con las enredaderas a su contrincante. Dueño de la palabra segueta.

—¡Tiempooooooo! ¡Aspirante Hedera! ¡En nombre del Rey de Otaez y los cinco Líderes de Legión te felicito por superar el examen de Portadores! ¡Ahora eres parte de la Legión de Plata! – Odinos conmovido no pudo seguir el discurso.

Hasta el momento quince de los 30 candidatos habían subido a la pista  y sólo ocho de ellos aprobado. Con la mitad todavía por luchar, este año se volvía el peor en la historia del examen.

—Sariel, ¿crees que nos veamos después de aquí?

—Por supuesto, Agelein. Te voy a contratar como mi cargador personal después de que pierdas en tu combate, jo, jo, jo.

—¡Voy a ganar!

Agelein no quería admitir que tendría que separarse de Sariel y Nad. Aunque recién los conocía  un fuerte vínculo lo ataba a ellos.

—¡Siguiente participante!

Los Portadores del Reino de Otaez y los cinco líderes se pusieron de pie. La persona que estaba a punto de entrar a la arena era el Príncipe de Otaez. Sucesor del actual gobernante y heredero al trono. En reverencia el público inclinó la cabeza para darle la bienvenida.

—Owwwww – Agelein jamás había visto un acto similar.

—Mírenme todos soy el Príncipe de Otaez, blablabla –bromeó Sariel.

—¡Usted puede, Príncipe Supremo! – Aznal movía sus lanzas como banderas de apoyo.

—Sólo Eli. Sólo soy Eli.

Acostumbrado a que la gente se inclinara ante él camino hacia la pista. Los Portadores seguían con la cabeza gacha y la mano derecha en el pecho. Estar bajo la presencia del príncipe  se consideraba una de los mayores dichas en Otaez.

—Majestad, disculpe que lo haya presentado de tal manera, olvidé que usted era el siguiente en combate.

—Levanta la cabeza, Odinos.

—¿Cree poder perdonarme, Majestad?

—No hay nada que perdonar pero si eso te hace sentir mejor lo haré. Yo, Eli de Otaez, Príncipe del Mundo y Salvador de las Cuatro Regiones te perdono a ti, Odinos, por haber denigrado con tu lengua mí nombre.

Agelein y Sariel quedaron en shock. El Eli que ellos conocían solía ser educado, amable y sencillo. Lo que acababan de presenciar lo elevó al lugar del que verdaderamente procedía. La realeza.

    Los nobles tuvieron que inclinarse por obligación. Hoba, que ya había superado el examen volviéndose parte de la Legión Rubí agachó la cabeza frente a su hermanastro. Cosa que le recordaba que a pesar de ser también hijo del rey jamás podría llegar a apoderarse del trono.

—¡El siguiente combate será entre el Príncipe Eli, aspirante a Portador de la Legión Rubí, contra Lobo Negro, Tercero al mando de la Legión Rubí! 

Monstruoso, de tez negra y con una venda en la nariz el Portador entró a la pista. Hizo una pequeña reverencia  y después saludó a Odinos. Los participantes se habían enfrentado a oponentes sin ninguna jerarquía y exceptuando el de Nad, este combate tenía la presencia de un personaje importante. 

—¿Escucharon eso? El tercero al mando – dijo Aznal.

—Pffff, hasta acostada le gano.

—Ja, ja, ja, ja, es verdad, Sariel ganó mientras dormía– río Hedera.

—Oigan.  Ese Portadores me parece familiar.

—¿De dónde lo conoces, Agelein? – preguntó Surypa.

—Peleó contra Nad.

—¡Ehhhh! – exclamaron todos.

Nad levantó su capucha para ver al oponente. Se trataba del boxeador que venció en El Patio a su llegada a Otaez. Todo a causa del favor que le pidió el vagabundo misterioso.

—Ya veo.

Lobo Negro supo más o menos esconder bien la identidad de quién lo derrotó hace dos semanas. Sobre todo por vergüenza a admitir que un adolescente de 17 años casi lo mata con tres golpes. Además aquellas misiones en El Patio no podían ser descubierta. Los Portadores especulaban.

—¿Quién pudo haber lastimado a Lobo?

—Sólo lo he visto así después de sus entrenamientos con Ruber.

—¿Alguien igual de fuerte que Ruber? No lo creo.

Agelein les contó a sus compañeros el encuentro que tuvieron con el desconocido antes de enfrentar a Lobo. La forma en la que iba vestido, los músculos que no concordaban con su cuerpo y  la barba puntiaguda que le llegaba hasta la altura del estómago.

—¿Barba puntiaguda dices? – lo interrogó Tora.

—Sí, aunque no parecía ser tan viejo.

—¿Y músculos que no concordaban con su cuerpo? – preguntó Aznal.

—Sí, se notaba que hacía ejercicio.

—Surypa, entonces no estamos equivocados.

—Hay que esperar a que aparezca, Hedera.

—¡PELEEN!

La audiencia regresó a la lucha. Eli apretó los botones de su camisa bordeada en oro y la coleta que sostenía parte de su cabello aplatinado. Lobo Negro tomó distancia, respiró con dificultad por la nariz fracturada. No volvería a comer cometería el error de subestimar a alguien más joven.

—Iré enserio, Majestad.

—No esperaba menos de un tercer al mando – respondió listo para el ataque.

Antes de recibir el primer golpe vino a la cabeza de Eli una conversación que tuvo con su padre días antes de ir al Centro de Inscripciones. Se encontraba en la alcoba del rey, oculto por las sabanas que colgaban de su cama.

He escuchado que tienes pensado aplicar para el examen de Portadores.

Así es, padre.

¿Sabes que eso es innecesario?

Lo sé, padre.

 Como hijo mío apruebas automáticamente y aún si quieres hacerlo. ¿Por qué?

 Por el reino, padre. Debo demostrarle a la gente que puedo lograr lo mismo que ellos sin necesidad de ser tu hijo.

Eres el príncipe, no tienes nada que demostrar.

Padre.

Dime.

¿Y qué tal si sólo quiero ser Eli?

Distraído alcanzó a retroceder. Lobo Negro seguía sin activar su anillo pero su velocidad no se comparaba con los Portadores anteriores. Eli apenas tuvo oportunidad de reaccionar cuando ya lo tenía encima. Las ráfagas de sus golpes eran igual a la de los boxeadores.

—¿Qué pasa, Majestad? No pierda el ritmo.

Eli  huía y Lobo cazaba. Redujo la distancia que había entre ellos y lo arrinconó al borde la pista. El príncipe no lograba concentrarse y de reojo vio a Nad acostado en la banca. Su excompañero de equipo era la única persona que no se había inclinado.

    Recobró la calma y midió el alcance de los ataques del Portador. Fue entrando a su guardia y contraatacó con la palma dándole justo en el abdomen. Eli en lugar de atajar con su puño o activar el poder de su anillo luchaba como si no quisiera herir al oponente.

—Majestad,  apenas y me hizo cosquillas.

—Sólo eso  puedo ofrecerte. Es una promesa que hice.

La Arena desapareció para Eli y ahora se encontró en un sótano. Recuerdos cuando de niño visitaba a la prisionera del rey volvieron. Acariciando sus  sus grilletes, le daba de comer, la limpiaba y sus dedos diminutos se entrelazaban con los de la mujer encadenada.

Ya sabes que no puedes venir aquí, Eli.

Afuera hay mucho ruido y me da miedo.

Es la guerra, Eli, está a punto de acabar.

Ojalá ganen los malos.

No digas eso. Este reino será tuyo cuando crezcas.

—Se lo daré a Hoba.

Eli, prométeme algo.

¿Qué cosa?

La sortija que cargas  fue enviada por los Dioses especialmente para ti y guarda un poder muy peligroso. Así que prométemelo, promete que sólo usarás la fuerza del anillo cuando encuentres a los amigos por los que darías tu vida. Ellos están ahí, esperándote en algún lugar del mundo. No sé cuándo ni cómo pero estoy segura que los encontrarás.

Te lo prometo, mamá.

Shhh, no me digas así, si te escuchan los guardias le dirán a tu padre. Ve a jugar con Hoba  y no regreses.

Eli respondía a todas las oportunidades que tenía para atacar con la palma. Cabe decir que la velocidad de Lobo Negro aumentaba segundo a segundo.

—No me trate así, Majestad. Tendré que hacer uso de otras medidas. — ¡Licantronent! ¡Zarpas de medianoche!

Las manos del Portador se cubrieron de pelaje y sus uñas se alargaron al igual que garras. Acababa de pronunciar el enunciado de ataque y la palabra que estaba inscrita en su anillo pertenecía a los seres imaginarios. Para ser más específico, un hombre lobo. Eli supo que su oponente no estaba jugando.

    El zarpazo le dio directo en la camisa rasgándola en cuatro partes. Al querer retroceder se topó con el borde de la pista, lo único que pudo hacer fue agacharse. Las garras le rebanaron la liga de la coleta dejando que el cabello le cayera por completo a los hombros.

—¿Qué estás haciendo? – le preguntó Nad con el volumen suficiente para que todos escucharan.

Los aspirantes, los líderes, los Portadores y Eli voltearon. Acostado en su banca y con la capucha ligeramente alzada acababa de dirigirle la palabra al Príncipe de Otaez con ningún respeto. Agelein y Sariel se unieron al apoyo de Nad gritando desde sus lugares.

Promete que sólo usarás la fuerza del anillo cuando encuentres a los amigos por los que darías tu vida. Ellos están ahí, esperándote en algún lugar del mundo. No sé cuándo ni cómo pero estoy segura que los encontrarás.

—Madre, creo que los he encontrado.

Recuerdos del pasado invaden al Príncipe de Otaez. ¿Podrá vencer a Lobo Negro? Surypa y su grupo guardan un secreto acerca del desconocido con el que se toparon Agelein y Nad. ¿De quién se tratará?