BACIS 17. ENCIENDAN LAS LUCES

Sólo 100 túneles llevan al lugar de la última prueba. 30 jóvenes se acaban de lanzar desde el zócalo con el deseo de convertirse en Portadores. No permitirán que nadie les diga  lo contrario incluso si eso significa caer al vacío.

Los participantes iban en picada. El griterío fue ahogado por el viento y las corrientes los mecían en todas direcciones. Si no controlaban su descenso terminarían incrustados en las rocas. 

—¡Urront!

—¡Acenont!

 Pica y Pru pronunciaron el enunciado de transformación. Sus brazos se convirtieron en las alas de una urraca y un acentor respectivamente. Eran las jóvenes contra las que se había enfrentado Nad y que casi terminan siendo aves de por vida. Al ver cómo la pareja recortaba distancia otros activaron también el poder de sus sortijas.

    El risco se atestó de habilidades. Cada una diferente de la otra, anillos con palabras de animales, plantas, objetos o clasificaciones desconocidas. Transformados en aves, flechas, gallos,  osos, toros, enredaderas, lanzas y serpientes.

—¡Ojalá no choquemos!

—¡Aznal mejor ayúdanos a controlar esta cosa!

—Tranquila, Hedera. ¿Tora, seguro que puedes manejarlo?

—Es un poco inestable pero haré lo mejor que pueda.

Surypa y su grupo volaban encima de un avión de papel. Tora dirigía el aeroplano, Hedera tensaba los dobleces con sus enredaderas, Surypa se concentraba en no perder energía para conservar la estructura y Aznal disfrutaba del viaje.

    El avión sobresalía en ingenio. Rebasaron a los trillizos Merló, pasaron a un lado del joven con piernas de gallo y alcanzaron a Sariel y Ageleien. Dando vueltas por el aire sin rumbo.

—¡Agelein! ¡¿Cómo estás?!

—¡Biennnn, Aznal! ¡¿Y ustedesss?!

Agelein giraba y giraba. El viento se le metía por las orejas, la nariz y las ropas.  Al querer hablar los labios le vibraban. En cambio su compañera se divertía. Sariel hacía piruetas o brincos. Sacaba la lengua, fingía quedarse dormida y expandía los brazos para simular que era un pájaro.

—Hay que hacer algo por ellos, Surypa – pidió Hedera.

—Me queda energía para uno más pero no del mismo tamaño.

—Con eso será suficiente.

—¡Sariel! ¡Agelein! ¡Este es nuestro regalo de agradecimiento! ¡Papent! ¡Avión de papel!

Surypa pronunció el enunciado de ataque y de sus dedos brotó un avión igual que en el que ella venía pero de menor tamaño. Voló en dirección a Agelein y Sariel y en lugar de atacarlos los recogió. El papel era suave y su diseño le permitía aprovechar el peso de los pasajeros tomando mayor velocidad.

—¡Agárrate, Agelein! – Sariel se colocó en la punta.

—¡Quiero bajarme!

Nad aún no entraba al área oscura del cañón. Al igual que  Eli era el participante más cercano a alcanzar los túneles. Desde que se lanzó advirtió la cantidad de energía que emanaba del despeñadero. Odinos les dijo que escogieran con cuidado el camino pero en realidad no había manera de equivocarse.

    La fuerza de incontables anillos palpitaba al final de los 100 túneles. Exhibían su presencia a propósito. Cualquier competidor podría rastrear la fuente de ese poder.

—¿Puedes notarlo, Nad?

—¿Tú qué haces aquí?

—No fue porque yo quisiera.

—Ya veo.

Eli se unió. Su plan original consistía en sumergirse en el túnel más cercano, sin embargo su sentido de la orientación también lo afectaba en el aire y se perdió. Vagando por el acantilado una de las corrientes lo arrastró y terminó de nuevo con su antiguo compañero de equipo.

—Reconozco el anillo de varios. Han ido al palacio.

—Mmmm.

—¿Qué pasa?

—La prueba.

—Lo sé, es muy fácil.

—Demasiado.

Unos cuantos metros más e iniciaría el descenso a la zona oscura. Los rayos del sol no penetrarían en la negrura del risco. Para encontrar los túneles  se tenía que seguir el rastro de energía que dejaban los anillos.

    Mientras bajaban Eli volteó hacia Nad. El parche en el ojo izquierdo, la capa negra con capucha y los guantes. Por un momento creyó que era su imaginación pero no fue así. Los guantes de su antiguo compañero estaban levemente doblados y se notaban sus muñecas. Podridas al igual que las raíces viejas de un árbol.  Nad se dio cuenta y ocultó sus manos en el pecho.  

—¿Escuchas eso? – notó Eli.

—¿Por qué no pueden dejarme en paz un segundo?

—¡Cuidado que me duermo!

—¡Nad, auxilio!

Descontrolados Sariel y Agelein perdían el control. El avión al ser más pequeño aumentó su rapidez y terminaron por rebasar a todos los aspirantes. En cualquier momento se quedarían sin transporte porque las alas estaban deshechas, la punta desmoronada y el papel arrugado.

—¡Tenemos que brincar, Agelein!

—¡¿Otra vez?!

Dieron el salto y al hacerlo el avión de papel se desintegró. Nad suspiró y tuvo que resignarse. Bajo la misma corriente de aire que él viajaban Agelein, Sariel y Eli. Los cuatro entrarían al túnel y juntos tendrían que llegar al sitio de la última prueba. Las sortijas brillaban.

—¡Cárgame, Agelein! – ordenó Sariel.

—¡¿Ahorita?!

—Estamos a punto de entrar al túnel – Eli mantuvo su porte real.

—¿Pueden callarse los tres?

Las corrientes desaparecieron y entraron a la zona oscura. El túnel por el que ingresaron era lo suficientemente grande como para que cupieran diez personas. Rodeados de paredes calizas y el eco que producía el viento al salir de la gruta  vislumbraron un haz de luz fosforescente que se prendía y se apagaba.

—Dudo que sea el lugar de la última prueba, el poder de los anillos sigue extendiéndose más allá. Pero con este sueñito no estoy segura.

—Ya veo. Niña, ¿tú también puedes sentirlo?

—¡No soy ninguna niña! Y claro que puedo sentirlo, qué me crees.  Mi hermana está ahí.

—¡Ey! ¡Sariel! ¿De qué hablan? ¿Sentir qué?

—¡Ay, Agelein!

—Dime, yo también quiero saber.

El aterrizaje no los deshizo. Rebotaron por los haces de luz fosforescentes hasta que tocaron el suelo. Una cama de hongos gigantescos y acolchonados amortiguó su caída. El tallo y la parte superior de las setas era lo que brillaba.

—Supongo que sólo hay un camino – dijo Eli.

—Todo derecho – respondió Nad.

—Agelein, tu amigo es más raro de lo que pensé. Y grosero.

—¿Tú crees?

—Usa un parche, una capa y guantes. Más raro que eso no hay. Me gusta.

—¡¿Que te gusta?!

En lo que Agelein asimilaba la confesión de Sariel avanzaron. Pequeños hongos iluminaban la ruta y los colores fosforescentes cambiaban sin orden alguno. A veces amarillos, rosas o verdes. Nad y Eli dirigían el camino con tal de que nadie descubriera que si no fuera porque las setas les indicaban a dónde ir ya estuvieran perdidos.

—O sea ¿te gusta de gustar? ¿O de que te gusta cómo se viste?

—Pues está guapo.

—¡Es más grande que tú!

—¿Celoso?

—¡Para nada!

—Ya cállense – ordenó Nad.

—Agelein parece alguien muy divertido – río Eli.

—Sí, cuando no habla.

Apareció una antorcha colocada en la pared. Una sola.  El terreno cambiaba, los hongos seguían iluminando pero disminuían. Aparecieron también de manera aleatoria trozos de baldosas grises. Nad descubrió que cada que avanzaban la parte trasera del pasaje desaparecía.

—Preséntamelo como se debe, Agelein.

—¡No!

—Estás celoso.

—¡Qué no! ¡Qué no! ¡Qué no!

—Cállense.

Las antorchas se multiplicaron, los hongos desaparecieron y el pasillo cambió. Parecía que estaban dentro de una cripta antigua, raros códices  tapizaban las paredes y las baldosas en el piso. El patrón se repetía. 99 figuras alzando sus manos y encima de ellas seis aros enlazados.

—Igual que en los libros– mencionó Eli.

—¿Qué es? – preguntó Agelein.

—La escritura de los Dioses. O lo más parecido a eso. Antes de irse y cuando vivían en junto a nosotros se dedicaron a dejar este tipo de inscripciones por todo el mundo. Mucha gente pasa su vida  traduciendo los códices. Las 99 figuras representan a las deidades y los seis aros,  los Anillos de Poder. Esta imagen es el momento de su creación.

—Owwww, Majestad. Sabe mucho.

—El astrologo del reino me enseñó. Y sólo dime Eli.

—Llegamos – interrumpió Nad.

Al final del pasillo se encontraron bajo una antecámara. Las inscripciones seguían hasta el techo ovalado y los demás túneles conectaban al mismo lugar.  No faltaba mucho para que los otros participantes aparecieran. Las sortijas de Agelein, Sariel y Eli brillaban.

—¡Vean eso! ¡Es enorme! – exclamó Agelein.

—La odiosa de mi hermana debe estar ahí.

—Nos esperan detrás de esa piedra.

—Ya veo.

La entrada a la última prueba era una roca colosal labrada  con seis gemas del tamaño de una cabeza. Rubí. Esmeralda. Zafiro. Oro. Plata. Cobre. Se escucharon los pasos y el eco de los participantes que iban llegando. Como Nad previó ninguno faltaba.

—¡No vuelvo a viajar contigo, Aznal!

—¡Eli! ¡Amigo! ¡El Señor Oscuro también está aquí!

—Manejaste muy bien el avión, Tora. Disculpa por no haber tomado el control, necesitaba concentrarme.

—Lo entiendo, Surypa.  Es difícil aumentar el poder de los enunciados.

Los 30 jovenes estaban reunidos. Miraron la roca con sospecha y discutían sobre los códices. Además de Eli, Hoba también podían leerlos pero no se molestó en decirle a nadie. Sus sortijas brillaban y sabían del poder que se ocultaba detrás de la puerta pero no qué era con exactitud.

—Supongo que entraremos juntos– dijo Eli.

—Ya qué – respondió Nad.

—Nad ¿Puedo quedarme contigo en lo que empieza la prueba? – preguntó Agelein.

—Ya qué.

—¡Yo también! – suplicó Sariel.

—Ya qué.

La roca  giró. Se desprendió de la pared y rodó dejando entrever una abertura. El viento de la cámara contigua apagó las antorchas, la energía invadió la sala y los participantes supieron que la entrada estaba abierta. Al otro lado sólo había oscuridad.

    Avanzaron  y la roca volvió a girar. El poder de allí dentro los avasalló. Se quedaron esperando a que regresara la luz. Ya en la primera prueba habían enfrentado algo similar y tal vez tendrían que hacer lo mismo. Las antorchas se encendieron.

—¡Estoy soñando! ¡Estoy soñando! ¡Estoy soñando! –  Agelein quedó perplejo

Los participantes casi se desmayan. Estaban ubicados justo en el centro de un coliseo techado. Las banderas de las seis legiones colgaban alrededor y todos los Portadores del Reino de Otaez los observaban desde las gradas. Seis sillas vacías figuraban en el palco y Odinos esperaba a los jóvenes. 

—¡Participantes! ¡Bienvenidos a la Arena de Portadores!

El lugar de la última prueba. Estamos a punto de presenciar el origen de una leyenda. El origen de un grupo en el que nadie confiaba y que se rebeló contra el imperio más longevo de la historia. El origen de un líder que morirá para salvar a los suyos y enfrentar a los Dioses.