BACIS 15. LLEGA A TIEMPO

La Boca del Gigante, el  sitio donde se lleva a cabo la segunda prueba del examen de Portadores se sume en el caos. Tras una repentina lluvia de meteoritos la selva se encuentra deshecha y los caminos borrosos. Quince astas esperan. El tiempo se agota.

—¡Restan 14 astas!

Odinos llevaba esperando en el zócalo desde el inicio de la prueba. Vio venir a la primera pareja conformada por Hoba y Merló 3. En cuanto colocaron su bandera empezó la cuenta regresiva. La selva entera pudo escuchar el mensaje. Era la mañana del tercer día.

    Los  aspirantes inspeccionaron atentos el puente correspondiente. Al existir sólo dos caminos aumentaban las probabilidades de encontrarse a otros. Planeando y rediseñando estrategias,  cada grupo ideó la mejor manera de alcanzar las astas.

    Muchos no corrían con la misma suerte. Perdidos en la espesura, heridos tras una batalla o desesperados por encontrar sus banderas robadas, existían competidores que estaban muy lejos de los puentes. Nad y Eli formaban parte de ese grupo.

—¡Nuestros mapas congenian, Príncipe supremo de toda hermosura y maravilla! – elogió Aznal.

—Eli. Sólo Eli. Déjame ver.

—Al juntar los planos  indican la forma de llegar al zócalo. Nosotros nos encontramos aquí – Aznal apuntó a un lugar del mapa. – Y las astas están acá – colocó el dedo en el centro.

—Estamos muy lejos. ¿Qué piensas, Nad?

—¿De qué?

—Sobre la distancia.

—Que caminemos derecho.

Nad, Eli y Aznal descansaban detrás de una cascada. Hirviendo en fiebre y con los labios resecos, Surypa dormía al final de la guarida sin recobrar la conciencia aún. Sus heridas poco profundas pero continuas impedían que se curara. Alrededor había hierbas trituradas y cuencos de agua hechos a base de corteza de árbol.

—Bello, Príncipe, me permito retirarme para que hable a solas con el Señor Oscuro.

Nad comía una manzana  y Eli pelaba un plátano. Sentados frente a la cascada y con las piernas flotando sobre la roca miraban a la selva. Se entendían mejor de esa manera, sin hacerse tantas preguntas y esperando a que la plática llegara sola.

—¿Dónde aprendiste a moverte así?

—¿A moverme cómo?

—Contra mi hermano, tu forma de pelear se asimila mucho a la de los Portadores.

—Lo aprendí de un viejo inútil.

—Cuando éramos niños,  Hoba y yo tuvimos un entrenador personal. Después de la guerra desapareció. Te mueves igual.

—¿Cómo se llamaba?

—Guru.

—Ni idea de quién es.

—¡Príncipe Supremo!  ¡Señor Oscuro! ¡Vengan!

Surypa abrió los ojos. Aznal tomó uno de los cuencos, se lo acercó a los labios y le sostuvo la cabeza. Esta dio pequeños sorbos, el agua le mejoró lo reseco de la garganta. Las infusiones de hierbas curaban las heridas y el sangrado  se detuvo.

—¡Surypa! ¡Qué bueno que no te moriste! ¡Me salve de que Hedera y Tora me descuartizaran!

—Gracias por cuidarme, Aznal. 

—¡Yo no te cuide! ¡¿Te acuerdas que Agelein nos dijo que era el mejor amigo del raro de la capa negra y los guantes?! ¡Pues él te salvó¡ ¡Te cargó todo el camino y preparó una medicina!

El encuentro con Hoba, la mordida de Aznal, el  veneno de Merló 3, la llegada del joven con capa y luego oscuridad. Así eran los últimos recuerdos de Surypa. Después de que  la salvaran ya no supo nada de ella. Ladeó  la cabeza hacia la cascada y ahí estaban Nad y Eli.

—Muchas gracias a ambos por lo que hicieron.

El agradecimiento sonó forzado y artificial. Nad no se molestó en contestar y Eli entendió la actitud de la joven. Debía causarle incomodidad estar frente a  alguien de la nobleza. Sobre todo tras lo que reveló Hoba.

—¡Deja que te cuente, Surypa! ¡Cuando yo desperté quién me estaba cargando era nada más y nada menos que el Príncipe de Otaez! ¡Ya quiero decirle a Hedera! ¡Llorará de celos!

—Aznal, ¿qué pasó con tú mordedura?

—¡No sé! ¡Desapareció!

—Nad fue quien la curó – aclaró Eli.

Surypa puso más atención en el joven de capa negra. No sólo la había protegido de Hoba, sino que  también la curó a ella y pudo contrarrestar el veneno de los Merló. Nad es más bueno de lo que parece. Eso les dijo Agelein en el banquete.

—Te agradezco profundamente que nos hayas ayudado. Ya no es necesario que se queden, Aznal y yo podemos solos.

—¡¿Qué dices, Surypa?! ¡Hay que quedarnos con ellos! Nos pueden ayudar a llegar a las astas, son muy fuertes – susurró Aznal.

—Hora de irnos – dijo Nad.

—Sí – asintió Eli.

Nad y Eli salieron de la cascada. Tenían pensado andar  conforme a la corriente y esperar a que apareciera el zócalo. De no ser así perderían la prueba. Aznal se apresuró e intentó detenerlos. Colocó sus manos en la cintura y se puso delante para bloquearles el paso.

—De aquí no salen sin antes derrotarme.

—Muévete – sentenció Nad.

—¡Sí, Señor Oscuro!

La sola mirada de Nad consiguió que Aznal temblara. ¿Cómo podía acercarse convencerlo? Agelein les comentó que su amigo muy pocas veces hablaba o respondía, que la única manera de acercarse era siendo honesto.

—Por favor, ayúdennos. Eli. Nad.  Sin ustedes vamos a perder y Surypa finge que está bien pero no es verdad.

—Somos enemigos, no lo olvides. Si quisiéramos podríamos robarte el mapa, la bandera y salir huyendo. ¿Tan rápido confías en alguien sólo porque te rescató?

—Agelein dijo que eras buena persona.

—Agelein no sabe nada acerca de mí.

—Por favor. Queremos reunirnos con nuestros amigos.

Eli entendía a paso lento el comportamiento de Nad. Había una lucha interior en su compañero. Un anhelo por ayudar a la gente y una barrera que se lo impedía.

—¿Tengo una pregunta para ti? ¿Qué tan bueno eres para seguir direcciones?

—¡Buenísimo! ¡El mejor de todo mi pueblo, Señor Oscuro! ¡Cualquier camino yo lo encuentro!

Nad y Eli cruzaron miradas. Si Aznal no hubiera estado inconsciente por la mordida de Merló 3 habría descubierto que sus salvadores tardaron medio día en encontrar el refugio. Y que la cascada fue un milagro.  No podían dejar que se supiera de su mutua falta de orientación.

—Nos quedaremos entonces.

—¡Gracias, Señor Oscuro! ¡Ahorita mismo podemos partir! ¡Sólo deje revisó de nuevo el mapa!

—Aún no – lo frenó Eli. –Primero hay que esperar que tu compañera pueda pararse. Yo iré mientras a buscar plátanos.

—Yo por manzanas.

—¡Está bien! ¡Pero no se vayan a perder!

—¡¿QUÉ DIJISTE?! – exclamaron al unísono.

—¡Restan 10 astas!

El puente estaba muy cerca. Agelein corría con Sariel dormida a las espaldas y Hedera cabalgaba en Tora totalmente recuperado.  Sus mapas resultaron ser las partes que necesitaban. Hedera daba indicaciones apresurándolos.

—¡Cabalga, Tora! ¡Cabalga! ¡No te detengas!

—Tranquilos, van muy rápido – jadeó Agelein.

Ambos equipos daban sus últimos esfuerzos. El sol pronto se ocultaría y debían aprovechar la poca luz que quedaba. Aumentaron el ritmo y al salir del follaje, las cuevas, los pantanos, los insectos y las cabañas se toparon con el risco que dividía la selva.

—¡Miren! ¡Sólo hay un puente de este lado! – gritó Hedera.

—Y del otro lado también sólo queda uno – señaló Agelein.

Las dos estructuras restantes eran de piedra y el marcó que los recorría estaba hecho de madera fina. Para alcanzar las astas se tenían que completar cinco kilómetros, cinco kilómetros en los que uno podía caer al vacío.

—¿Qué hacen ellos aquí? – preguntó soprendido Tora.

—Y ellos  – dijo Agelein.

A la izquierda venían Merló 1, Merló 2 y la pareja de nobles. Unda iba a las espaldas de Ursus quien en cuatro patas y con garras de oso trotaba. Del lado derecho apareció el equipo del participante con patas de gallo y el arquero. Los diez competidores se vieron al mismo tiempo.

—¡CORRAN! – gritaron todos.

No se atacaron entre ellos. Ya no había tiempo de eso. En cambio corrieron unos encimas de otros. Apretujados y eufóricos cruzaron por el puente, completando los cinco kilómetros a los que se encontraba la plataforma.

    Cada pareja tuvo una forma de colocar su bandera. Hedera utilizó sus enredaderas. Merló 1 extendió su brazo varios metros. Ursus lanzó a Unda con sus garras. El arquero disparó una flecha con la bandera . Y Agelein. Agelein fue otro caso.

   Al no poder activar de nuevo su anillo escaló por el mástil. A  Sariel la dejó en el suelo y subió hasta la punta. Llego a la cima,  abrazó el asta y sacó su bandera. La colocó con mucho cuidado y tardó en bajar. Los demás aspirantes se burlaron.

—Lo logré, Nad. Lo logré.

Hoba y Merló 3 encontraron al grupo de nobles y al resto de los trillizos Merló. Otros equipos también se juntaban a platicar sobre cómo sintieron la prueba y contra quiénes lucharon. Agelein permaneció a un lado de Sariel, Hedera y Tora. La noche caía.

—¡Restan 2 astas!

Faltaban pocos minutos para la media noche y los competidores dirigían las cabezas a los dos puentes para saber quiénes serían los últimos en aparecer. Hace más de tres horas que ninguna pareja nueva pisaba el zócalo y a ese ritmo sólo 26 jóvenes pasarían a la siguiente prueba. Desde el fondo del lado este se escucharon reclamos.

—¡¿Por qué no saben seguir direcciones?!

—Si tanto te molesta puedes bajarte de mi espalda y correr solo.

—¡Era una bromita, Príncipe supremo!  ¡Es que como que todavía me sentía medio mareado por la mordida!

—Les vamos a pagar lo que están haciendo por nosotros pero no tienes que seguirme cargando.

—Ya veo.

Atravesando los cinco kilómetros del puente se acercaron las últimas dos parejas. Aznal descansaba a las espaldas de Eli y Nad cargaba en sus brazos a Surypa. Los participantes quedaron impresionados de ver al Príncipe de Otaez ayudar a un pueblerino y de saber que el joven de  capa negra seguía en la competencia.

—¡Aznalllll! ¡Me las vas a pagar! – Hedera casi sufre un infarto.

—Están bien. Me alegro – suspiró Tora.

—Nad – sonrió Agelein.

Al entrar al zócalo Aznal se bajó de Eli y pronunció el enunciado de ataque. De su brazo salió una lanza con la que amarró la bandera. Calculó la distancia que había para llegar al asta, calentó los brazos,  desentumió el cuello y disparó. Ya sólo quedaba lugar para un equipo.

—Eli.

—Sí, Nad.

Eli sacó su bandera. Siendo el centro de atención avanzó elegante por el zócalo hasta el mástil. Sin el poder de la sortija dio un salto, así en el aire tenía el aspecto de un Dios. Las jóvenes cayeron rendidas al verlo, incluyendo Hedera. Se paró en la punta del asta y con el viento ondulando su cabello aplatinado dio fin al reto de la selva.

—¡Participantes! ¡La prueba terminó! – vociferó Odinos.

Los concursantes todavía se quedaron unos segundos admirando la figura del príncipe en lo alto. Atrás quedaron los animales, las cuevas, los ríos, las alianzas, los tratos, las banderas y los mapas. Una vez más cada quien estaba por su cuenta. Aunque en ese momento lo único que deseaban era descansar y dejar que la selva los arropara una última ocasión.

La segunda prueba del examen de Portadores concluye. Ningún participante sabe qué es lo que sigue y dos desafíos más les esperan. Nuevos personajes han aparecido en la Boca del Gigante y todos ellos seguirán acompañando al joven de capa negra. ¿Será que pronto lo veremos luchar con el verdadero poder de la NADA?