BACIS 12. ENCUENTROS

En la Boca del Gigante se encuentra el último de los 25 equipos. Uno es el heredero al reino de Otaez y el otro… es NADA. La pareja más peligrosa en todo el examen va en busca de su bandera. ¿ Lograrán recuperarla?

—¿Puedes quitar tu mano?

El príncipe Eli soltó la muñeca de Nad. En la tierra todavía lloriqueaba el competidor junto a sus compañeros. Abrazados mutuamente y horrorizados por lo acababa de sucederles.  Nad recuperó la calma y limpió su guante.

—Te recomiendo que los dejes en paz.

La voz del príncipe sonaba armoniosa, serena,  benévola y calma. Hacía sentirse protegido al más desfavorecido. De esta clase era el impacto que producía la palabra de quien estaba destinado por obligación sanguínea a gobernar Otaez.   

    De espaldas, Nad no sabía qué tipo de persona encontraría cuando volteara. En su imaginación la mayoría de los príncipes sufrían de sobrepeso y un ego insoportable. La noche aún duraría unas horas y  los destellos lunares atravesaban las nubes. Iluminando al azar las hierbas o los insectos. Dio media vuelta y se topó con el futuro rey.

    Bajo los efectos de la oscuridad y la luz blanquecina chocando en el cielo la figura del príncipe Eli asemejaba al de una divinidad. El cabello plateado recogido en forma de coleta, dejando caer parte de sus mechones al hombro. Su rostro ovalado contrastaba en belleza con los ojos pintados en miel y los labios teñidos en fino rojo.

    Junto a la espalda recta, los brazos caídos y las piernas separadas en perfecto ángulo, el heredero al trono parecía estar  listo para que los pintores de toda la corte lo tomaran como modelo en sus sesiones de dibujo.

—¿Así se ven todos los príncipes?

—¿Disculpa?

—Olvídalo.

Eli se vio intrigado por Nad. No había señal de aprobación o disgusto en su forma de hablar, sólo decía lo primero que le venía a la cabeza. En el palacio quien se hubiera atrevido a dirigirse a él de esa manera habría sido castigado por su padre.

— Cerca de aquí hay una cueva, vayamos ahí a pasar el resto de la noche.

—Claro.

Nad  lo siguió sin oponer resistencia. No hablaron durante el trayecto y la cueva no daba ninguna señal de aparecer.  El segundo día del examen llegaba y los equipos se movilizaron desde las primeros minutos de la mañana.

— ¿Falta mucho para llegar? – preguntó Nad.

— No… No sé – respondió el príncipe Eli.

Ocultos en las copas de los árboles Agelein y Sariel vigilaban la cabaña donde tenían encerrado a Tora.  Esperaron a que el sol despuntara y el segundo día de las pruebas diera inicio para seguir con su plan. De la choza salieron Merló1, Merló 2y la pareja de nobles.

—¿Cuáles son los planes de hoy, hermano mayor?

—Tú te quedarás protegiendo la cabaña. Ursus y Unda irán de nuevo al río y yo me dedicaré a rastrear a la pueblerina por el lado norte.

—Entendido, hermano mayor.

Merló 1 y los nobles partieron. El único que se quedó fue Merló 2, dando vueltas alrededor de la cabaña,  sacándose  la cerilla de las orejas  y bostezando. Adentro de la choza debía estar Tora.

—Voy a necesitar una vez más de tu poder, Sariel.

—Con una condición.

—¿Cuál?

—Que me cargues lo que quede del examen.

—¡¿Ehhh?!

Sariel se infiltró en la espesura. Siguió de cerca los movimientos de Merló 2, invisible gracias a su habilidad casi innata que poseía con la sortija. Tomó un tronco y se fue acercando al noble. Despistado, este probaba su cerilla.

—¡Merlótonto!

El trillizo  volteó y el tronco lo descalabró. Agelein salió de su escondite y llegó hasta Sariel. Entre los dos lo cargaron , inconsciente y con una pequeña abertura en la cabeza.

—Hay que meterlo a la cabaña.

—¿Viste cómo le dije Merlotonto y el muy tonto se me quedó viendo con la cerilla en el dedo? Ah, qué sueño me dio por cargar ese tronco.

—Nada de dormir, Sariel.

Entraron a la choza. Sobre el piso de madera descansaban cuatro bolsas de dormir tejidas en una capa de  brocado y seda. En la esquina había una mesilla con té recién hecho,  cuatro cajas de galletas, rodajas de jamón, pan caliente y mantequilla endulzada.

—¡Agelein!

—¡Sariel!

Dejaron caer al noble y se lanzaron sobre la comida. Atascados  probaron jamón,  pan y galletas. Bebían té levantado el meñique para simular que ellos también eran de la realeza y lamían la mantequilla directo del envase. Satisfechos se sobaron el estómago.

—Me voy a echar un sueñito.

—Sariel, no, nada de sueñito, por favor, no me dejes. ¡Sariel!.

Acurrucada en una de las bolsas la joven cayó dormida. Roncaba  y un hilillo de baba le escurría por las comisuras. El plan no estaba sucediendo como debería. Antes de preocuparse, Agelein reconoció lo encantadora que se miraba de aquella manera.

—Ughh, ughh

El quejido vino del fondo. Tora tenía que estar cerca. Dejó a Sariel unos momentos y se encontró con una habitación.

—Tora, soy yo, Agelein.

Al entrar al cuarto casi se desmaya. Semidesnudo, famélico y amarrado, Tora ardía en calentura. El bozal apenas lo dejaba respirar y le habían arrancado las uñas de pies y manos. Levantó los ojos, vio a su salvador y lloró.

—Voy a sacarte de aquí. Te lo juro.

Lo desamarró con cuidado y le quitó el bozal. Agelein media lo mismo que un niño de diez años, así que como pudo sostuvo el gran cuerpo de Tora. Muy lento caminaron hasta la sala. Con Sariel dormida y su amigo malherido el plan definitivamente no estaba saliendo según lo planeado.

—He, He, Hedera ¿le hicieron algo?

—La siguen buscando, Tora. No te preocupes, nosotros la encontraremos.

Cargó a Sariel en sus espaldas y Tora lo tomó de la cintura para no caerse. De esta manera salieron de la cabaña, dejando inconsciente a Merló 2. A pesar de la preocupación, su pequeña estatura  y el miedo, Agelein se sentía al igual que un héroe. Como Nad.

—Pueblerino.

Afuera de la choza los esperaban Merló 1 y la pareja de nobles. Agelein no contaba con la fuerza necesaria para enfrentarlos todavía, la única que podía se encontraba dormida. En ese caso, estaba solo y la única  opción sería pelear hasta el final.

—Espero que mi hermano pueda perdonarme por haberlo utilizado. ¿O enserio creíste que no me había dado cuenta de tu presencia, pueblerino?  Tu anillo se nota a kilómetros.

Negruzca, delgada y bífida Merló 1 sacó la lengua. Era igual a la  de una serpiente y  siseaba al hablar.  Agelein bajó con cuidado a Sariel, hizo que Tora lo soltara y se paró heroico frente a  los tres nobles

—Mi nombre es Agelein, no pueblerino. Recuérdalo.

Esa misma mañana Nad y  Eli descansaban en la cima de un peñasco. A la altura en la que se encontraban lograba vislumbrarse una parte del zócalo y la punta de las astas. Por otro lado… ¿Cómo llegaron hasta ahí si se suponía que iban a una cueva?

—Estamos perdidos – dijo Nad.

—En efecto – respondió el príncipe.

Nad lo siguió creyendo que ya no tendría que preocuparse por encontrar el camino. Sin embargo, al pasar toda la madrugada buscando la cueva, descubrió que su compañero contaba con el mismo sentido de la orientación que él. Y eso explica porqué ninguno de los dos llegó con Odinos.

—¿Y ahora? – preguntó Eli.

—Caminemos derecho.   

Se internaron en la selva. Nad mordía una manzana y el príncipe descarapelaba un plátano. Distanciados uno del otro evitaban cualquier situación en la que tuvieran que hablarse. Vagaban por lados opuestos y la única interacción que tenían era cuando debían decidir qué camino tomar.

—¿Izquierda o derecha, Majestad?

—Izquierda. Nad.

Eli iba nervioso aunque no lo demostrara. De alguna manera tenía interés por descubrir la clase de poder que escondía el joven de capa negra. Si quería saber más sobre Nad tendría que ser el primero en hablar.

—Yo sé quién tiene nuestra bandera.

—¿Sí?

—Se llama Hoba y es miembro de la familia real.

—Ya veo. A él no pudiste eliminarlo, ¿cierto?

—¿Cómo lo sabes?

—Da igual. Mejor dime dónde podemos encontrar a ese miembro tan famoso.

—Él nos encontrara primero. No se irá de aquí sin hacerlo.

—Ya veo.

Un estruendo los puso en alerta.  La tierra retumbó y las aves espantadas dejaron sus nidos. Daba la ilusión que un ejército completo se acercaba, los zorros y las zarigüeyas corrieron en dirección contraria.  

—¡A la guerra! ¡Barent! ¡Infantería de barro!

Cientos de soldados se precipitaron hacia ellos. Sus cuerpos, pecheras, espadas, escudos, cascos y botas eran de barro. En lugar de ojos reales tenían piedras incrustadas El equipo que atacaba montaba un caballo también de barro.

    El príncipe se preparó para el asalto. Nad sólo observó. Agil y veloz,  Eli se metió entre las filas de los soldados. Eludiendo estocadas, atravesando el centro de sus pechos para deshacerlos y rebanándoles la cabeza con el dorsal de la palma.

¡Barent multi! ¡Infantería unida!

Los soldados atacaron  al mismo tiempo. Cien espadas de barro acometían contra el príncipe. Ninguna lo tocó. Nad era el único que podía leer sus movimientos. Arribó a los competidores y aplastó la cabeza del caballo de barro dejándolos caer.

—¡Esto no se acaba aquí, Majestad! ¡Hay que hacerlo!

¡Barront! ¡Lodont! ¡Mareas de barro!

La pareja invocó a una sola voz el enunciado de transformación pero con una diferencia. En lugar de cambiar ellos, transformaron el suelo. Colocaron sus manos en la tierra y al hacerlo el terreno se volvió lodoso y escurridizo. Sus anillos de plata actuaban en conjunto.

    En picada cayeron las palmeras y fueron arrastradas por el mar lodoso. A Nad y Eli se les hundieron las piernas. El primero no se notaba preocupado.

—Quédate quieto, tengo un plan – le dijo al príncipe.

Tranquilo e inexpresivo se dejó llevar. Del lodo salieron sogas de barro. Las cuerdas inmovilizaron a Nad y Eli pasaba por lo mismo. El príncipe no entendía el plan de su compañero. Atrapados en el lodo la corriente se los llevó y el equipo contrario pudo respirar otra vez.

—¿Qué fue eso?

—¿Qué cosa?

—Creí que tenías un plan.

—Ese fue el plan.

— ¿ Dejar que una corriente de lodo nos arrastra por la selva?

— La ropa se lava. Majestad – Nad sonrió a su modo burlándose.

En lo que removían los restos de lodo y barro cuatro aspirantes miraban atónitos a los recién llegados. Nad no les puso mucha atención, en cambio  Eli limpió su anillo en cuanto se percató de quién los observaba.

    Jadeando y con los puños ensangrentados Surypa se sostenía todavía de pie. Debajo se encontraba Aznal desvanecido,  en el cuello le supuraba la mordida de una serpiente. Escurriendo pus y sangre por los agujeros. 

    Rubio, altivo, dominante  y de ojos azules el líder del otro equipo guardaba tres banderas en la cintura. Atrás de él a su aliado todavía le goteaba veneno de los colmillos, limpiándolos con su lengua bífida.

—¡Es el que no tiene anillo, Hoba!   ¡ El guardaespaldas del pueblerino! ¿Cómo llegó aquí? ¡Y ese esssssss!– gritó Merló 3.

—El heredero al trono de Otaez. El hijo del rey. El miembro más valioso de la familia real. El Príncipe Eli. Mi hermanastro.

Los encuentros están a punto de revelar el poder de los contrincantes. Nad y  el Príncipe Eli aparecen ante quienes tienen su bandera. Agelein demostrará los resultados del entrenamiento y nadie podrá detener el choque entre el Meteoro y la Nada.