BACIS 11. EL PRÍNCIPE ELI

La Boca del Gigante es un cañón que existe dentro del Centro de Inscripciones. Justo en estos momentos se está llevando a cabo la segunda fase del examen para convertirse en Portador. Al lado Este del terreno un joven de capa negra  lleva tres horas dando vueltas sobre el mismo pantano.

Nad distinguió un total de ocho sortijas a la redonda. Los equipos bajaban  del risco y pronto alguna pareja aparecería en el pantano. Esperando a que lo ayudarán se sentó en un tronco, tomó una manzana de los árboles, la saboreó y esperó. Las ramas y el follaje crujieron. ¿Quién era?

— ¡Shhhh!, Pica, con cuidado.

—Mira, Pru, enfrente hay un pantano, podemos llegar rápido a descansar y  utilizar el estanque como trampa.

Un equipo de mujeres apareció.  Corrieron de puntillas entre la maleza seguras de que nadie la perseguía. Alzaron las cejas perturbadas e intentaron urgidas dar media vuelta. Sentando muy tranquilo en el tronco y mordiendo la tercera manzana, Nad saludó con una mano.

—¡No lo detecté!

—¡Es el que no tiene anillo!

Las jóvenes se pusieron en modo de defensa al instante. Nad, siguió donde mismo, saboreando la manzana despreocupado. Acabó con la fruta, tiró el talló y se levantó. Sus oponentes retrocedieron por instinto y accionaron las sortijas de plata que poseían.  Nunca habían luchado.

—Pueden decirme dón…

—¡Cállate!

—¡Vamos a eliminarte de una vez!

Sus voces se quebraron al hablar. De todos los competidores, el primero contra el que tendrían que enfrentarse era aquel que no tenía anillo.  Una preocupación latente en cada aspirante,  hallarse al joven de capa negra  y que este los venciera. 

—Ya veo.

Atacaron de manera ingenua. Simplemente se precipitaron y al acercarse lo suficiente pronunciaron el enunciado de transformación. Entonces Nad se preocupó. No porque lo fueran a lastimar si no por el daño que ellas mismas podrían causarse al tomar esa apariencia.

¡Urront!

¡Acenont!

Ambas adquirieron  la forma completa de un ave. El de una urraca y un acentor. Desprendidas de todo rasgo humano abrieron sus alas, guardaron sus garras,  tomaron viada, gorjearon, ajustaron el pico  y despegaron en dirección al oponente.

—Los enunciados no son un juego.

La urraca y el acentor se vieron desesperadas. Cuando creyeron haber atravesado a su rival este ya las había atrapado con los guantes. Movieron  las garras y picotearon  los dedos de su captor intentando zafarse. Agotadas e inmóviles graznaron para que las dejaran en paz.

    Nad lanzó los pájaros al aire. Felices  le dieron vueltas al estanque, aunque su alegría duró poco. Los  aleteos fueron volviéndose cada vez más frenéticos. Pica y Pru  no lograban desprenderse de sus nuevas pieles por más que quisieran. Se los habían advertido. Con los Enunciados de Poder no se juega.

—La transformación debe ser parcial nunca total, a menos que conozcan a la perfección la esencia de su anillo. Si me dicen cómo salir de aquí puedo ayudarlas o quédense como aves toda la vida.

Las jóvenes  se dirigieron a Nad. Volaron a su alrededor, pasando debajo de las piernas, jaloneando la capa, rasgando  sus zapatos o tratando de quitarle los guantes. Cualquier cosa para que las regresara a la normalidad.

—Primero ustedes.

Urraca y acentor tuvieron que ceder y señalaron la salida del pantano. La cual se encontraba a cinco metros. El terreno continuaba en forma de pendiente, donde los demás participantes se escondían. Formando alianzas y planeando cómo llegar al zócalo antes de los tres días.

—Acérquense.

Nada tomó aire y lo exhaló hacia las aves. El soplido amainó y cobijó sus cuerpecillos. Enredadas en el viento, urraca y acentor dejaron de ser animales voladores para convertirse en lo otro que también eran. Mujeres. Anonadadas, sus cejas volvieron a levantarse.

—¡¿Cómo hiciste eso?!

—¡Mis piernas! ¡Pica! ¡Tengo piernas!

—Si ven a alguien parecido a un príncipe díganle que estaré caminando derecho.

Nad siguió su camino. Desinteresado de tomar las banderas del equipo contrario agradeció haber salido de aquel pantano. Aunque se preguntaba cómo es que no pudo encontrar la salida. Así que para evitar perderse caminaría en una sola dirección. Cosa que como veremos más adelante no le serviría de mucho.

—¡Ageleinnnn! ¡Tengo hambre!

La tarde había llegado. Agelein cargaba en sus espaldas a Sariel y avanzaban al punto donde terminaba el mapa. A pesar de estar rodeados de frutas o animales salvajes para cazar ninguno de los dos sabía armar trampas o colgarse de los árboles.

—Se supone que vienes de un pueblo, Agelein.

—¡Eso no significa que nos la pasemos en los árboles!

—Bueno, yo supuse.

Se encontraban en el lado oeste de la selva. Por lo que las posibilidades de que Agelein y Nad cruzaran caminos eran escasas. Debido a la hendidura que dividía el terreno. La única manera sería atravesando los puentes colgantes del zócalo.

Desde su última batalla en los senderos no se habían enfrentado a nadie más. La magnitud de la jungla alejaba a los equipos, sin embargo, entre más cercanos estuvieran de las astas, las probabilidades de luchar contra otros aumentaban. El mapa que Odinos les dio marcaba la ruta a un río, que ellos suponían desembocaba cerca de los puentes.

    Si querían evitar sorpresas era momento de idear una estrategia. Agelein evitaba a toda costa tocar el tema, ya que por el tiempo que llevaba conociendo a Sariel esta propondría que atacaran cuanto antes al que se les atravesara.

—¡Agelein! ¡El río! ¡Avanza!

—Voy.

Con Sariel a sus espaldas trotó hasta el río. El agua fresca chocaba en las piedras y la corriente no era muy caudalosa. Se quitaron los zapatos y juntos se sentaron a ver nadar los peces. La calma del momento no duró mucho.

—Alguien se acerca.

—¿Cómo sabes?

—Mi anillo.

La sortija de Sariel brilló. Su poder era mucho mayor que el de Agelein y le costaba poco trabajo detectar la presencia de los competidores. Apresurados tomaron los zapatos y se escondieron en la maleza.

—Merló 1 mencionó que tenía que estar cerca del área.

—Ojalá no lo necesitáramos, Unda, todo por el trato que hicimos.

—¡¿La encontraron?! ¡Gatea, animal!

Un grupo de nobles vigilaba el río. El joven, regordete y alto portaba una sortija de plata, su compañera, acariciaba el anillo esmeralda en su mano. Merló llegó montado de una persona con pezuñas de toro. Le golpeaba los costados  para que avanzara y su rostro estaba cubierto  con un bozal.

—No, es buena ocultando su rastro  – dijo Unda.

—Vendrá por su amigo. Lo sé.

—¿ Seguro, Merló? La pueblerina tiene la otra mitad del mapa que necesitamos, y ya que el nuestro y el tuyo son el mismo no podemos avanzar – comentó Ursus.

—No se preocupen. La siento cerca. Sigan corriente abajo y nos vemos más noche en la cabaña. ¡Gatea, animal!

Merló 1 volvió por donde venía cabalgando al participante con pezuñas de toro y la pareja de nobles continuó su búsqueda. Agelein permaneció mudo. Decidió que ese no era el momento adecuado para atacar, pero lo que acababa de ver no lo perdonaría. La influencia de Nad se impregnaba  en él.

    Tora, el participante que conoció en la mansión y que lo había ayudado en los senderos era esclavo de los hermanos Merló. Obligado a gatear, jadeaba sudoroso  dentro del bozal  y con las pezuñas ensangrentadas. Por lo que suponía que Merló 1 lo montaba desde que inició la prueba hace apenas medio día.

—Sariel.

—Hay que ayudarlo.

Agelein y Sariel  acecharon a Merló 1 desde lejos. Harían lo imposible con tal de liberar a Tora. Agelein no tenía la fuerza ni la habilidad de los nobles, así que tendría que depender de la fuerza de su pareja. El sol ya se ocultaba en el cañón.

Los grillos salieron de sus guaridas y ambientaron la noche. Desde el cielo se postró la luna como única fuente de luz, distorsionando la selva y dibujando rostros de demonios  en las palmeras. Nad caminaba en la oscuridad saboreando una manzana. Y sí, seguía andando en dirección recta.

    ¿Cuántas horas habían pasado desde su encuentro con las jóvenes? Probablemente doce. El príncipe seguía sin aparecer. Intentaba recordarlo pero nada le venía a la cabeza, sólo aquel poder indistinguible en su anillo. Pisó la tierra, cómoda, suave, fresca y quiso mejor echarse a dormir.

—Fuego…

Muy al interior de la espesura alcanzó a ver una flama. La energía de seis anillos fluía entorno a la llamarada. Los más seguro es  que varios equipos aliados estuvieran descansando o haciendo guardia.  El primer día llegaba a su fin y nadie lograba todavía colocar su bandera en las astas.

    La capa de Nad por mucho que se burlaran de ella no lo cubría lo suficiente del frío al igual que los guantes. Dormir cerca de una fogata le haría bien. No tenía intenciones de hacer amigos o platicar, sólo de que le prestaran un poco de alumbrada. Apareció en medio de los seis jóvenes acurrados. Nadie vigilaba.

—Voy dormir por aquí si no les moles…

Despertaron pálidos y amarillentos. Confiaban en que sus anillos reaccionaran  en caso de que alguien se acercara. Todavía dormidos y lagañosos  vislumbraron la sombra de quien había hablado. Por suerte sus mapas y banderas estaban resguardadas debajo de una piedra cubierta por hojarasca.

—¡Es el que no tiene anillo!

—¡Rápido, rodéenlo!

—¡Activen sus sortijas!

Nad fue emboscado por los seis participantes. En frente, a los lados y atrás permanecieron quietos a la espera de cualquier movimiento. Este ideaba la manera más sencilla de irse sin tener que luchar. Los anillos variaban de material, por lo que algunas alianzas habían dejado de preocuparse por tener entre sus miembros a diferentes usuarios.

—Seguiré derech…

—¡Quieto! ¡Te mataremos aquí sin que nadie sepa, tuerto!

Los participantes carcajearon al escuchar las declaraciones del que amenazaba a Nad. En la cintura llevaban colgadas dagas hechas de madera.  

—¿Has dicho matarme?

Dudaron. Al escucharlo  el miedo los invadió y se replegaron. Él no tenía anillo por lo tanto tampoco poder, a pesar de ello la crudeza con que respondió les provocó temor. Incluso los rostros demoniacos de las palmeras parecieron más amigables.

—¡Sí, matarte! ¡Alguien sin anillo no debería aplicar al examen! ¡Estarás mejor muerto! ¡Muerto! ¡Muerto!

—Ya veo.

La fogata se apagó y la oscuridad de la selva reinó. Nad no les dio oportunidad de reaccionar. Dejó caer su cuerpo  en la noche y llegó con los dos primeros. Dislocó sus brazos de un tirón y con el empeine les quebró la quijada. Se movió sigiloso y reapareció sobre otra pareja. A estos les despedazó las rodillas .

—¡¿Qué está pasando?! – gritó el que lo había amenazado.

Le restaba un equipo que decidió cubrirse las espaldas. Allí se encontraba quien lo amenazó de muerte.  Tomó la cabeza de su compañero y la estrelló en las rocas. Ya sólo restaba uno, gimiendo en las cenizas de la fogata e implorando por su vida.

—¡Por favor! ¡No me mates! ¡No me mates!

Nada jaló su cuero cabelludo dejando libre la frente para perforarla. Con la mano derecha formó un puño, alzó el codo y soltó el golpe. A un roce de que todo su brazo pasara a través del cráneo del participante alguien lo sujetó de la muñeca. La fuerza que lo contuvo no se igualaba a la del resto de los competidores.

—Tú debes ser el príncipe Eli.

—Y tú Nad.

Lo imposible acaba de pasar. Nad ha sido detenido por el heredero de Otaez. El príncipe destinado a gobernar el mundo después del rey actual. Y su compañero de equipo. ¿Qué clase de poder tendrá para contener a la NADA? ¿En qué problema se meterán Agelein y Sariel con tal de salvar a Tora de los hermanos Merló? ¿Y quiénes serán los primeros en llegar a las astas? Más encuentros se avecinan.