BACIS 9. LA REVERENCIA

El examen de Portadores continúa. Los participantes están a punto de enfrentarse a la segunda fase de las cuatro que tendrán que superar si quieren unirse a una de las seis Legiones del Imperio de Otaez y defender su derecho a conservar el anillo que los eligió.

Agelein llevaba más de doce horas dormido. Con las piernas descubiertas, los brazos caídos y la cobija enredada era imposible molestar su sueño. El cuarto, hecho a la medida, sólo tenía a parte de la cama, un baño y el marco de una ventana sin vista.

        Su estómago crujía. Después de cruzar por el pasillo izquierdo y encontrar la habitación,  cerró  la puerta, se medio quitó los zapatos y se lanzó a la almohada. La comida podía esperar.

—¡Ageleinnnnnn! ¡Vamos a comer!

Se trababa de la joven que lo salvó y que escogió el cuarto de al lado. En un principio sus ronquidos no lo dejaban dormir. Pronto esos ronquidos se volvieron una especie de arrullo para Agelein. El estómago le volvió a crujir. Esta vez no de hambre.

—¡Ya voy!

Tomó rápido sus zapatos, se vio en el espejo del baño,  acomodó su cabello y abrió la puerta. Ahí estaba. La extraña de anillo esmeralda y cabello verdoso que decidió ayudarlo. Aún no conocía su nombre y le daba pena preguntárselo. Creía que al hacerlo las palabras se le atorarían en la lengua.

—¡Qué hambre¡ ¡Y sueño! ¡Hay que correr si queremos alcanzar comida!

—Antes de irnos, ¿puedo preguntarte tu, tu, tu nombre?

—¡Te lo dije ayer! Soy Sariel.

Sariel tomó la mano de Agelein y lo sacó de un tirón del cuarto. Sariel. Sariel. Sariel. Sariel. Cada que pronunciaba el nombre  en su cabeza una ola de calor le recorría el pecho.

    Las habitaciones de los participantes estaban ubicadas en una mansión dentro del Centro de Inscripciones. Al término de la primera prueba, 48 de los 50 aspirantes atravesaron el corredor izquierdo y se encontraron en el vestíbulo de esta residencia.

    Dos escaleras de caracol dirigían a los cuartos. 48 exactos. Y la parte baja se complementaba con  salones de juegos, aguas termales,  bibliotecas y un comedor. Los Portadores fingían ser meseros y mucamas al servicio de los aspirantes para seguir estudiándolos.

     Sariel y Agelein bajaron de las escaleras junto al tumulto. Los participantes, antes precavidos y reacios,  hacían bromas, hablaban sobre sus lugares de origen y presumían las sortijas que portaban. Excepto la nobleza, ubicada en  salas privadas. 

—Miren, esa es la hermana de la líder de la Legión Esmeralda.

—Y viene con el pueblerino que nos dijeron los trillizos.

En la mansión no todo consistía en hacer amigos. Estrategias y alianzas se formaban. Inconscientemente los participantes se reunían  con aquellos que  llevaban su misma sortija.

    Agelein olió la comida. Pavo, jamón ahumado, pan caliente, puré de papas, verduras salteadas, jugo de frutas, pasteles, nieve y dulces.  Platillos que nunca había probado en su vida le derretían los labios. En su pueblo acostumbraba a recalentar las sobras que los nobles lanzaban a los cerdos.

    Entraron al comedor y Sariel voló hacía la nieve. Los meseros sostenían, vaciaban y llenaban las charolas, los cocineros asaban al momento pato y codorniz. El jugo de frutas brotaba de una fuente. Agelein pensó que aquello era Bacis. La tierra de los Dioses.

     Se sentó junto a Sariel quien lamía dos conos de vainilla. Lamía y dormía al mismo tiempo. Eran la única pareja con  anillos dispares compartiendo lugar. Los nobles comían en una mesa exclusiva riéndose de ellos. En especial los trillizos Merló.

—¿Quién es Nad? – preguntó Sariel.

—¿Perdón? – Agelein se atragantó con la pierna de pavo al escuchar la pregunta.

—Nad, Nad, Nad, Nad. Lo mencionaste al final de la prueba con una voz misteriosa. Algo así como Naddddddd.

—Es un amigo. Supongo.

—¿Cómo que supones? Espera – Sariel se quedó dormida unos segundos y despertó.

—Lo conocí cuando llegué a la capital la semana pasada y desde entonces hemos estado juntos, aunque no suele hablar mucho. ¡Pero es alguien sumamente fuerte, venció a un hombre gigante en menos de tres golpes y lo coronaron nuevo campeón del cuadrilátero!

—¿Y qué pasó con él? ¿O por qué mencionaste su nombre de una forma tan rara? Nadddd – fingió una voz dramática.

—¿No lo viste? Fue el primero en irse al pasillo derecho.

—¡Un momento! ¡¿Eres amigo del que no tiene anillo?! No respondas todavía– Sariel se quedó dormida de nuevo y despertó. – Disculpa es uno de mis microsueños habituales.

—¡Shhhh! ¡Guarda silencio!  Nad no usa anillos, no entiendo a qué se refiere cuando lo dice, además tiene un sueño. Llegar a Bacis. La tierra de los Dioses.

Agelein admiraba a Nad al igual que un hermano mayor. A su lado se sentía poderoso  e invencible. Sariel notó este afecto y de pronto también quiso ser amiga del joven con capa negra.

—Tu amigo tiene sueños muy extraños, nadie sabe cómo llegar a Bacis desde que los Dioses nos abandonaron.

—Él está convencido de que lo encontrará – dijo Agelein sonriendo y bebiendo jugo de frutas.

—Probemos más nieve en lo que eso sucede.

Los Merló dejaron la mesa donde comían y se dirigieron hacia Agelein. El ambiente cambió de tono. El foco de atención fueron los tres nobles que iban directo al pueblerino. Avanzaban prepotentes, tumbando charolas y moviendo a los meseros.

—¡¿Qué hace la hermana de una Líder de Legión con el pueblerino?! – gritó Merló 1 para que todos lo escucharan.

—Sí, ¿por qué? – repitió Merló 2.

—Ajá, con el pueblerino –arremedó Merló 3.

El comedor quedó en silencio. Los participantes esperaban a que iniciara una pelea, algunos reconocieron a Agelein. Lo habían visto con Nad en la explanada, sería un buen momento para descubrir qué clase de palabra contenían sus sortijas.

—¡Cuidado!

Atrás de los trillizos aparecieron cuatro aspirantes cargando una pirámide de comida. Intentaron mantener el equilibrio pero no lo lograron. El buffet  cayó en las cabezas de los Merló. El espagueti y la salsa de tomate de las albóndigas les cubrieron la cabeza y los pantalones.

-¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja! – las risas se dejaron venir en el comedor.

Los nobles salieron corriendo a sus habitaciones privadas otra vez humillados por el pueblerino, aunque en realidad no fue su culpa. Las carcajadas aligeraron el ambiente y Sariel dejó caer sus conos de nieve de la risa. Agelein tampoco pudo contenerse.

—¡Te dije que dejaras las albóndigas para más tarde, Aznal!

—¡Ya no aguantaba el hambre, Hedera!

—Esperemos que esto no afecte  los resultados del examen.

—¡Perdón, Tora! ¡Se miraban bien ricas esas albóndigas!

Enfrente de Agelein y Sariel discutían los cuatro jóvenes que tiraron la comida. Eran dos hombres y dos mujeres. Portaban anillos impares y parecían conocerse desde hace tiempo por la forma en que se llevaban. Se acercaron a la mesa recogiendo las sobras para que nadie cayera.

—Les pido una disculpa, mi amigo camina sin fijarse.

—¡Surypa, sí me fijo! ¡Es que me distraje viendo las albóndigas!

—Por favor no grites, Aznal o puede que afecte nuestros resultados del examen.

—¡Ya escuchaste a Tora, no molestes a Surypa o te pateará el trasero!

—¡Ahí va otra vez, Hedera la mentirosa con cara de espagueti colgante!

—¡Eso no tiene ningún sentido, Aznal!

—¡Hedera la mentirosa con cara de espagueti colgante! ¡Hedera la mentirosa con cara de espagueti colgante!

—Al parecer nosotros ya no necesitamos presentarnos. ¿Cómo se llaman ustedes?

—Agelein. Mucho gusto en conocerlos, Surypa.

—¡Sariel!

La más grande del grupo era Surypa. Vestía al igual que sus compañeros con el traje típico de las zonas rurales.  En su mano portaba un anillo rubí. Aznal lamía lo que le quedaba de salsa en su sortija esmeralda. Tora, el serio y preocupado utilizaba un anillo de oro. Y Hedera traía un sortija de plata.

—Un gusto también, Agelein, Sariel. Les deseamos mucha suerte en las pruebas que siguen, nosotros pasaremos a retirarnos.

—¡Pueden quedarse aquí a comer si quieren! ¡¿Verdad, Sariel?!

—¡Claro!

Surypa, Aznal, Tora, Hedera, Agelein y Sariel estuvieron juntos el resto del día antes de que iniciara la siguiente fase. Platicaron sobre sus respectivos pueblos  y cómo fue que se conocieron. Sariel dormía mientras los escuchaba y Agelein relató las aventuras que pasó con Nad en una sola semana.

—¿Nad, es el que se inscribió sin anillo?– preguntó Tora.

—El joven misterioso de capa negra como la noche que al verte con su único ojo puede desaparecerte.

—¡Azlan, basta! –exclamó Hedera.

—Si te acercas puedes apreciar el aroma apestoso de esos guantes que trae puestos– Aznal siguió bromeando.

— Sí, Nad es el participante sin anillo– respondió Agelein. 

—¿Sabes de casualidad qué piensa acerca del rey actual?

—Tora, no creo que sea el momento – interrumpió Surypa.

—Nad no dice mucho, de hecho la última vez que hablamos fue antes de entrar a la primera prueba. Después se fue por el otro pasillo sin detenerse.

—¡Qué valiente se vio el príncipe Eli al seguir el mismo camino!

— ¡Cuidado! Hedera se está imaginando cosas extrañas con el Príncipe –se burló Aznal.

—¡Ja, ja, ja! – río Agelein feliz de hacer nuevos amigos. Sariel roncaba.

—¡Tienen un día para analizar el terreno de la siguiente fase! ¡Terminado ese tiempo nos veremos aquí!

Nad meditaba dentro de una cueva. Los murciélagos revoloteaban a su alrededor sin molestarlo y este respiraba tranquilo. El eco sus exhalaciones atravesó cada rincón de la caverna. Desde fuera se escuchaba similar a la respiración de un gigante invernando.

    En vez de estudiar el terreno como les dijo Odinos a él y al príncipe que hicieran, mejor buscó un sitio para recuperar la calma y concentrarse. Su encuentro con  Lura lo dejó perturbado.

    Recapituló las palabras que le hubiera gustado decir y las que dijo. Imaginó múltiples escenarios en los que llegaba hasta Lura  y lo derrotaba. Traía de vuelta a su hermana y juntos iban a su pueblo a vivir ahí para siempre. Pero no pudo.  Así que meditaba para despejar su mente y empezar de cero.

    Entre los huecos de la cueva penetraron rayos de luna. Le iluminaron el pecho, la cabeza y las manos. Nad entrelazó los dedos,  unió sus pulgares y recitó en voz muy abaja una especie de sentencia o rezo.

—Antes de los objetos estuvieron los seres vivos. Antes de los seres vivos estuvieron los cuatro elementos. Antes de los cuatro elementos estuvo el universo. Antes del universo estuvo la imaginación. Antes de la imaginación estuvieron los 99 Dioses. Antes de los 99 Dioses estuvo la creación. Antes de la creación estuvo el TODO. Antes del TODO estuvo la NADA. La NADA siempre estuvo y siempre estará, al principio o en el fin de los tiempos la NADA persistirá.

En medio de sus manos nació una esfera purpura. A la vez que esto sucedía un aura del mismo color emanó de su cuerpo y se fue esparciendo por las paredes de la caverna hasta alcanzar el exterior. Los murciélagos dejaron de volar y se colocaron atrás de Nad.

Sólo una persona se percató del suceso. El príncipe Elí. De espaldas al sitio donde se encontraba vio cómo el lugar de la siguiente prueba era envuelto por el halo purpúreo. Los animales reaccionaron a esta fuerza y cayeron rendidos ante ella.

    Sapos, arañas, cocodrilos, serpientes, mariposas, chimpancés, gusanos, iguanas, tucanes, tigres, águilas, tortugas, panteras, guacamayas y elefantes se colocaron en posición de reverencia apuntando a la cueva.

    Eli también reaccionó. Su anillo rubí parpadeó sin parar y los vellos del brazo se le erizaron. Se impregnó de  la tristeza y el abandono que transmitía aquella fuerza.  Un poder que iba más allá de lo posible, un poder capaz de consumir el mundo de un sólo bocado.

    Supo entonces que el joven de capa negra lo superaba. Si se paraba frente a él no podría vencerlo. Incluso su sortija, esa que el rey tanto elogió era una mota de polvo comparada a esa fuerza. Temblando, Eli deseó impaciente  el momento de encontrarse con Nad y retarlo. La noche terminaba y una nueva prueba vendría en camino tras la llegada del amanecer.

Nad deja impresionado al mismísimo príncipe de Otaez. Los demás participantes esperan en el comedor a que inicie la siguiente prueba. Las alianzas se consolidan y sólo resta esperar  ¿Qué clase de desafío se avecina?