BACIS 4. UN FAVOR INUSUAL

La Taberna del Pueblo es el sitio ideal para comer barato.  Los plebeyos se dan cita aquí después de una larga jornada laboral. Cantan, bailan y platican intentando olvidar que al día siguiente tienen que volver a levantarse. En el fondo de la taberna se encuentra un  joven con un parche en el ojo izquierdo. Come una manzana mientras observa a su nuevo amigo limpiar.

¡Te faltan los baños!

¡Sí, señor!

¡Y las mesas!

¡Sí, señor!

¡Apúrale!

Sí, Señor!

El dueño de la Taberna del Pueblo mandaba a Agelein de un lugar para otro. Limpiaba mesas, atendía clientes, destapaba baños, secaba platos y  servía comida al mismo tiempo. Llevaba trabajando toda la noche.

¡Nad! ¡¿No quieres venir a ayudarme?!

Al llegar a la taberna descubrieron que ninguno de los dos traía dinero para pagar pero ya habían ordenado tres platos. El dueño los descubrió e inmediatamente los puso a trabajar. Nad escapó en cuanto pudo y dejó que Agelein limpiara por los dos. Ahora comía una manzana.

Me debías un favor, con esto lo has pagado.

¡ Te lo pagué llevándote al Centro de Inscripciones hoy en la tarde!

Valía por dos favores.

¡¿Qué!?

Salieron de la taberna. Uno agotado y el otro comiendo una manzana. Era de madrugada, las antorchas iluminaban la avenida y de vez en cuando aparecían gatos maullando por los tejados.

¡Y no vuelvan si no tienen con qué pagar! – les gritó  el dueño desde la puerta.

Al parecer dormirían en la calle. En Otaez nadie ofrece dónde quedarse gratis. Nad percibió que alguien los seguía. Avanzaba unos pasos atrás de ellos, escondido entre los muros y las casas.  

¿Qué es lo quieres?

¿A quién le hablas, Nad?

A la persona que nos viene siguiendo todo el día.

El desconocido dejó su escondite. A simple vista era un trabajador más de la ciudad. Traía unos pantalones rasgados, una camiseta holgada y un par de zapatos grasientos. Aunque esto no cuadraba con su altura, los músculos marcados en la ropa y una barba puntiaguda que le llegaba al pecho. 

No quiero hacerles daño, sólo soy un humilde trabajador que necesita de su ayuda – dijo con las manos en alto.

Sigues sin responder, ¿qué es lo que quieres?

De verdad me disculpo por haberlos seguido, pero no sabía cómo presentarme.

Es la última vez que lo repito, ¿qué es lo que quieres?

El desconocido clavó su mirada en Nad. Agelein intentó verse igual de imponente que su amigo pero todo el cuerpo le temblaba. Lo único que tenía para defenderse era el anillo de oro que no lograba activar todavía.

Escuché de un chófer llamado Miz que tú habías ayudado a salvar a una niña de un mismísimo ex Portador  y me dije: Rub,  tal vez este joven pueda ayudarte con ese problema. Después te encontré casualmente en la plaza, aunque debes admitir que eres una persona difícil de acercarse. Y luego vi cómo venciste a ese ladrón sin parpadear. Ufff, me dije: Rub, este joven sí que puede ayudarte con ese problema. Y luego…

No me interesa. Adiós.

¡Espera! ¡Espera! Algo me dice que no tienen dónde dormir y que necesitan dinero, yo podría ayudarlos. Claro, si ustedes me ayudan a mí. Je, je, je.

Nad, tiene razón.

Nad, sí, así me dijo el chófer que te llamabas. Nad, hazle caso a tu amigo.

¿Por qué debería confiar en los extraños? Si algo había aprendido es que nadie vendrá a rescatarte sin pedirte algo a cambio, nadie te salvará por más que grites.  ¿Entonces por qué últimamente tenía la necesidad de ayudar a otros, de ser ese héroe que no llegó cuando él y su hermana lo necesitaban?

Está bien. Agel y yo iremos contigo.

¿De verdad? Muchachos, me hacen el hombre más feliz de todo Otaez. Vamos, prometo ya no seguirlos desde atrás.

Se fueron alejando del centro de la ciudad y se dirigieron a los barrios bajos.  La entrada trasera a la sede del imperio para asesinos y ladrones. El camino por el que Nad había llegado. Agelein advirtió cómo una mujer inconsciente era llevada a la carroza de un noble. En la banqueta lloraba quien parecía ser su esposo abrazando a la vez unas monedas de oro.

No se despeguen, mis amigos. Estos son rumbos peligrosos.

Siguieron su camino por los barrios. Los ladrones esculcaban en  los bolsos que acababan de robar, los mendigos hacían fila para comprar sopa rancia y los niños huérfanos jugaban a las atrapadas. Rub se detuvo frente a unas escaleras que daban a un sótano.  Bajaron y en la entrada se abrió una escotilla.

¿Clave?

Que caiga el Imperio – respondió Rub.

El Patio es famoso en los barrios bajos por organizar las mejores peleas clandestinas. Ganar dinero aquí es fácil, sólo hay dos formas. Pelear o apostar. Si quieres entrar es necesario que estés de acuerdo con una cosa: ¡QUE CAIGA EL IMPERIO!

Nad, mi amigo. Tú nos harás ganar mucho dinero hoy.

Ya veo.

Y tú, pequeñín, no te vayas a quedar dormido si quieres amanecer con tus órganos intactos.

¡Sí, señor!

En medio de El Patio se ubicaba un cuadrilátero de boxeo en el que dos mujeres se enfrentaban. Alrededor los apostadores lanzaban gritos de apoyo a su favorita.  El olor a alcohol añejo envolvía el lugar y el humo del cannabis flotaba en el techo. Rub se acercó al cantinero, quien le ofreció un tarro.

¿Lo de siempre?

Paso, venimos por el premio mayor.

¿Otra vez?

Es que mi amigo pasado andaba medio nervioso por eso perdió.

¿Y los que has traído toda la semana también andaban nerviosos?

No te fijes en pequeñeces.

¿A quién vas a mandar al ruedo hoy?

A mi buen amigo, Nad, creí que ya te había platicado de él. Nos conocemos desde que era un niño, ¿verdad, Nad?

El  indigente quería que peleara para ganar unas monedas. Nad no era el arma de nadie. Ya había sido el recipiente de un Dios y no dejaría que se repitiera. Se dirigió a la salida pero Agelein lo detuvo. 

Nad, amm, no tenemos dinero.

Agelein se caía del sueño. Duró toda la noche trabajando en la Taberna del Pueblo.  Y tenía razón. No tenían ni una moneda y la necesitaban para comer. ¿Por qué de nuevo ese sentimiento de proteger a alguien que acababa de conocer?

Ya veo.

Rub inscribió a Nad para la pelea estelar. Se enfrentaría a Lobo Blanco, invicto durante los últimos cinco años. Su récord era 100-0, destrozaba a quien se parara en el cuadrilátero y pocas veces dejaba limpia la arena. El público lo veía como una apuesta segura, por lo que el dinero siempre estaba en contra del oponente.

Ahí van los ahorros de mi vida entera, Nad, mi amigo.

Las peleas continuaron. El dinero fluía, la cerveza salía a chorros de los barriles y  al final de cada encuentro la gente entonaba: ¡Que caiga el Imperio! ¡El verdadero Rey está en la casa! ¡Que caiga el Imperio! ¡El falso rey usa falda!

¡Apostadores y ladrones! ¡Asesinos! y traidores! ¡Tomen asiento que la carnicería está por comenzar!  – anunció el réferi.

Quienes pudieron tomaron asiento, la mayoría permaneció de pie alrededor del cuadrilátero. El primero en subir fue Nad. El público le cantaba que mejor se fuera a usar falda, que el verdadero rey ya estaba en la casa. Los peleadores hablaban entre ellos preocupados porque  de nuevo el personaje de la barba puntiaguda había traído a que despedazaran a un joven.

¡En esta esquina con 17 años de edad,  ninguna victoria y sin haber besado nunca a una mujer tenemos a Nad! – las carcajadas cayeron en  El Patio.

¡Y en esta otra!

A la arena entró una masa de carne que le triplicaba la estatura a Nad. Negro como el carbón y con unas manos descomunales. Su rostro estaba cubierto por una máscara de tela vieja y cada que pisaba la lona el público se estremecía.

¡El único! ¡El invicto! ¡El que nadie ha podido derrotar en cinco años!  ¡Lobo Blanco!

El público gritó y chocaron sus tarros. Rub aplaudió sosteniendo a Agelein quien intentaba no quedarse dormido para presenciar la pelea. Nad no hizo ningún movimiento al ver a su contrincante. En él no se notaba miedo, duda o emoción.

¡Las reglas son sencillas! ¡La pelea acaba hasta que uno de los dos se rinda o muera! ¡No hay límite de tiempo! ¡Y los Anillos de Poder están prohibidos! ¡Aquí son hombres y los hombres pelean sin sortijitas! ¡QUE LA PELEA COMIENCE!

Lobo Blanco tomó posición de boxeador y en dos pasos alcanzó a Nad. No quiso desperdiciar tiempo y lanzó una ráfaga de puños directos a la quijada. El público cerró los ojos para no ver cómo saldría volando la cabeza del muchacho. Cosa que no pasó.

    Nad brincó para evitar los golpes. En el aire acomodó su pierna derecha y con el impulso del salto descargó un rodillazo en el rostro del oponente. El impacto  conmocionó a la audiencia. Agelein despertó sorprendido de la fuerza de Nad y Rub parecía querer llegar a la lona.

    El cuerpo de Lobo Blanco que era puro musculo se tambaleó hacia las cuerdas. Quiso recuperar el equilibrio pero ya tenía al joven encima. Con la misma pierna  disparó una patada al costado del estómago. Pudo escucharse el crack de las costillas quebrándose. Agelein temió que Nad se hubiera tomado muy enserio eso de matar al contrincante.

   Lobo Blanco cayó hincado. Ningún dedo quiso responderle, los brazos no se alzaban y el corazón  palpitaba a mil por hora.  El terror lo consumió. Nad alzó la planta del pie y la dirigió justo a la barbilla. La potencia con la que iba esa última embestida tenía la intención de matar.

¡Me rindo!  – suplicó Lobo Blanco

El Patio quedó en silencio. Nadie entendía qué acababa de suceder. Poco a poco los aplausos y chiflidos acapararon a Nad. Lobo Blanco fue retirado de la lona y el referí quiso tomar el brazo del ganador pero este ya se había ido. Agelein y Rub lo siguieron abarrotados de dinero.

¡Que caiga el Imperio! ¡Nad está en la casa! ¡Que caiga el Imperio! ¡El falso rey usa falda! – cantaron los asistentes.

Nad, mi amigo, gran victoria la de hoy – dijo Rub serio. Aquí está tu parte del dinero – les dio todas las ganancias. – Algo urgente me acaba de salir, pequeñeces, ya saben, debo irme pero volveré para que festejemos como se debe.

Rub, no es necesario que nos des todo el dinero, tú también lo necesitas.

No te fijes en pequeñeces, mi buen Agelein, encargarte de cuidar a tu amigo. Lo va a necesitar.

Claro.

Rub se fue misteriosamente. Nad y Agelein volvieron a quedarse solos aunque ahora tenían el dinero suficiente para sobrevivir el resto de la semana y hospedarse en el mejor hostal de la ciudad.

¿Te lo tomaste muy enserio, eh, Nad?

Yo no puedo morir, Agel, no hasta que encuentre ese lugar.

¿Qué lugar, Nad?

Bacis.

En la enfermería de la Legión Rubí un grupo de Portadores médicos atendían al paciente que acababa de llegar. Sus costillas estaban quebradas y la nariz se le había sumido unos centímetros. Con los Anillos de Poder intentaban curarlo.

Les advertí que un día estos uno de los nuevos les daría una sorpresa.

Es algo que el jefe y él llevan haciendo durante cinco años para poner a prueba a los novatos antes del examen.

Sí, pero a lo que escuché ese joven no portaba un anillo rubí. Ni siquiera usaba uno.

¿No traía anillo? ¿Para qué pierde el tiempo el jefe entonces?

Quién sabe, nunca vamos a entender cómo piensa. Por ahora sigue metido en su personaje para que los demás líderes no descubran que ya llegó. Sobre todo evita toparse con Aurum.

Ja, ja, sí, lo vi con su barba puntiaguda. ¿Y según Lobo Negro nadie lo va a descubrir usando una máscara y cambiando un poco su apodo?

Por algo es el mejor amigo del jefe.

¿Y qué tan fuerte será  el que pudo vencer a Lobo?

Está al nivel de un líder respondió Lobo Negro quien iba despertando.

¡Lobo, no hables! ¡Por suerte el jefe te trajo a tiempo!

Tuve miedo. Mucho miedo. Ese joven de verdad quiso matarme. Sólo me he sentido así una vez y fue el día que conocí al jefe. Parece que nos hemos topado con alguien peligroso.

Faltan seis días para el examen de Portadores y los participantes aún no lo saben. Rumores acerca del joven con capa negra comienzan a esparcirse en la Legión más poderosa del Imperio. Nad ha demostrado de nuevo de lo que es capaz sin un anillo. ¿Podrá inscribirse?