BACIS 2. EL PODER DE NAD

Nos encontramos en la Zona del Fango, justo en la parte trasera de Otaez. Este es el sitio a donde se envían los desperdicios de la ciudad. Aquí  la gente muere de hambre y vende lo último que le queda para sobrevivir. Duermen sobre el lodo y en carpas construidas a base de madera húmeda. Es el camino menos transitado para entrar a la capital y por lo tanto el más efectivo. A lo lejos viene un joven.  Sólo trae puesta una capa negra y un par de guantes a pesar del calor.

Las palomas comían migajas de pan rancio a un lado de los vagabundos y picoteaban rápidamente el trozo de masa dura. Una llovizna había comenzado a caer desde hace varios días y con ello el lodo se acumulaba. Los vendedores resguardaban la poca  mercancía de sus carretas e intentaban llegar cuanto antes a las carpas.

    Lían jugaba con cuatro gatos sobre el lodo. Su abuela le dijo que no saliera de la tienda de campar pero al igual que siempre esto le importó poco. Justo ahora fingía que preparaba una gran cena para sus invitados gatunos. Sirvió pescados de lodo, chocolate de lodo y  una salsa especial de lodo recién hecha. Llevaba una semana sin comer y por ello saboreaba contenta la tierra.

    Alguien le tocó el hombro y al voltear no pudo distinguir a la persona. Era un hombre bastante joven con un parche en el ojo izquierdo.  Los gatos levantaron la cola y gruñeron. Se pusieron frente a la niña para defenderla. Incluso lanzaron al unísono un arañazo al aire para alejar al intruso.

—No creo que comer lodo te haga mucho bien – dijo el joven.

—Oh, no, este es sólo mi aperitivo, el plato fuerte viene después.

El joven no supo qué responder. Desde donde él estaba miraba a una niña enflaquecida y temblorosa. Llevaba un harapo por vestido y un tic nervioso en los labios que la hacía sonreír sin querer. De alguna forma le recordaba a su hermana. Tendría diez años para ese tiempo.  

—Tengo algo de comer en el costal, puedo dártelo si quieres.

La niña asintió con la cabeza. Una y otra vez su cabeza iba de arriba hacia abajo. Se sacudía sin parar y lloraba. Lloraba porque alguien le había ofrecido comida de verdad y no lodo. Lloraba porque alguien le había ayudado sin tener que quitarse el vestido. Lloraba porque desde que nació deseaba que alguien así llegara a salvarla.

    El joven se sentó en el lodo y abrió el costal. Sacó una barra de pan, cinco salchichas deshidratadas y le ofreció agua de su cantimplora. Lían comió desesperada, mordiendo aquí, mordiendo allá, compartiendo con los gatos y guardando un poco para su abuela.

—No llores o vas arruinar la comida.

—Gracias, gracias, gracias. Mi… mi nombre es Lían, ¿cuál es el tuyo?

— Nada.

—¿Nada? – preguntó desconcertada.

— Mi verdadero nombre se encuentra lejos, pero en cuanto lo recupere vendré a decírtelo.

—¿Y si me dejas ponerte un nombre en lo que lo encuentras ?

Nadie le había propuesto tal cosa. En cada pueblo que se alojaba las personas aceptaban sin mucho problema llamarlo NADA. ¿Qué nombre escogería la niña para alguien que no existe?  El joven miró sus guantes y dio un largo suspiro. Los gatos terminaron por acomodarse en el hueco de su capa para acurrucarse y dormir.

— Está bien. ¿Cómo quieres que me llame?

— Vamos a ver, estaba pensando en El hombre del pan y las salchichas pero no me convence.

—¡Ja, ja, ja, ja!

— No te rías, esto es algo muy serio.

— Entiendo, pondré atención.

— Voy a llamarte Nad.

Lían vio en el interior del joven y descubrió que allí no había nada más que un hueco. Un vacío impregnando en su pecho que lo consumía tras cada respiro. A partir de entonces se formó una amistad que duraría años. Nad recordaría antes de morir el día en que conoció a la niña que por primera vez lo nombró.

—Gracias. Ahora tengo un nombre provisional.

Nad se levantó, despertó a los gatos y le dejó cien monedas de oro a Lían. Su camino apenas iniciaba y debía buscar un lugar para dormir temprano y esperar hasta mañana para entrar a la capital.

—Lían, quiero que te vayas. Busca a un chófer llamado Miz, es gordo y de bigotes amarillentos. Suele hablar mucho y lo más probable es que lo encuentres en su carreta convenciendo a sus caballos de que avancen. Dale la mitad de las monedas y dile que te lleve al lugar donde recogió a Nada. El viaje es largo, cuando llegues no te preocupes, habrá alguien esperando. Es lo único que sabe hacer. Esperar.

Lían sólo se quedó mirando cómo Nad  desaparecía entre las tiendas de campaña deshechas y los vagabundos enojados porque las palomas se habían comido las últimas migajas de pan.

—¿Escuchaste lo que le pasó a la anciana?

—Sí, los bandidos entraron a su tienda a robarle unas monedas que su nieta había conseguido de quién sabe dónde y terminaron por golpearla y llevarse a la niña.

—Fue el grupo de Phan.

—¿Cómo sabes?

—Un vagabundo dice que de la casa de campaña salieron varios hombres y en medio de ellos caminaba uno con un anillo de plata.

—¿Por qué los Portadores no lo han detenido?

—Quién sabe, pero habrá que tener cuidado. Una lástima por la niña, solía verla jugar con sus gatos.

Los cocineros asaban órdenes de sobras de pollo y las meseras repartían la comida en las manos de los hambrientos. Esa noche la carpa se encontraba repleta ya que a la mañana siguiente la mayoría intentaría colarse a Otaez. Aunque esta no era una posada como a la que llegaban los nobles o los altos comerciantes. Más bien era una gran carpa sostenida por algunas varas que recibía asesinos, ladrones, usureros y gente pobre que se escurriría por la parte trasera de Otaez para entrar a la capital del mundo.

    En una de las mesas se encontraba Nad escuchando lo que acababan de decir los campesinos. Dejó de comer y salió de la carpa empujando a borrachos y parejas que bailaban alrededor. Siguió caminando hasta la calle enlodada donde conoció a Lían y se detuvo. Levantó el brazo derecho al aire, cerró su ojo, respiró y tragó saliva. La palma se convirtió en un puño y la NADA  cayó.

-¡Nant!

Las luces del imperio se desvanecieron. Los anillos de los Portadores que se encontraban ese momento en la ciudad brillaron. El Rey vio oculto desde su ventana un destello purpúreo en el cielo y la tormenta que se avecinaba. Nunca llovió como ese día en Otaez. Quienes aún lo recuerdan dicen que de las nubes apareció el rostro de un demonio. Otros afirman haber visto cómo un perro hacía una especie de reverencia. Pero nadie está seguro.

Phan y su grupo bebían en las colinas y obligaban a la niña que acababan de secuestrar que les sirviera más cerveza. Esta hacía caso y entristecida vaciaba el alcohol en sus tarros. Los bandidos armaron una fogata en la que rostizaban cuatro gatos para la cena. Momentos después un destelló purpúreo opacó el cielo y la luz de la hoguera desapareció.

—Phan, tu anillo está brillando.

—¡Ya sé! ¡Preparen sus armas!

Phan lo notó. Había alguien más. No lograba verlo a causa de la oscuridad pero sintió su presencia. Sin embargo jamás se había topado con un poder de esa clase. La energía que emanaba aquella persona no tenía límites.  Aunque era extraño. A la vez percibía el vacío en ese poder. Un gran hueco queriendo devorar todo a su paso.

—No sé quién seas, pero has elegido al tipo equivocado de enfrentar. Yo soy Phan, ex miembro de la Legión de Plata y antiguo tercero al mando.

—Yo soy NADA.

Los bandidos apuntaron con sus arcos y hachas al lugar de donde surgió la voz. Lían lo reconoció al instante, sólo necesitó una frase para descubrir quién era la persona que la salvaba por segunda ocasión. Quiso lanzarse hacia él pero el miedo la detuvo, mejor se quedó tendida en la tierra.

—Ustedes no pueden ganarle, idiotas. Háganse a un lado y dejen que me encargue. Hace unos momentos me hiciste dudar, pero ya veo que no tienes ninguna clase de poder o si no dime entonces, ¿por qué no puedo percibir tu anillo?

— No uso anillos.

—Ja, entonces deja que te muestre cómo funcionan. Te presento a plata, es el quinto en la escala de los Anillos de Poder y la palabra que le otorgaron los Dioses es Aire. –  Phan activó su anillo y el aire rodeó su dedo índice. Lo fue acumulando hasta que se formó una espiral y apuntó al enemigo. — ¡Vent! ¡Disparo de viento! –  el airé salió como una ráfaga.

Nad  tomó el ataque con la palma y lo deshizo. Phan quedó perplejo. ¿Acaso este individuo estaba al nivel de un Líder? No supo qué más hacer y sólo una cosa iba a pasar si se quedaba. La muerte. Sus subordinados aprovecharon la situación para escapar colina abajo, cosa que casi no logran por la tormenta.

— No sé qué quieras pero toma lo que encuentres y déjanos en paz.

— Vengo por la niña.

—¿Sólo a eso viniste? ¿Para eso le demostraste a todo el imperio tu poder? ¿Para eso pusiste en guardia a los demás Portadores? ¿Por una niña?  

— Si vuelves a tocarla lo único que quedará de ti será ese inservible anillo.

Nad cargó a Lían y partieron. Phan se quedó solo. Sin fogata, cena, compañeros o alguien que le sirviera cerveza. Humillado prometió que descubriría cuál era el rostro de la persona que acababa de vencerlo. No pararía hasta encontrarlo.

—¿Otra vez tú? Pensé que ya estabas en la ciudad, bueno, aunque con lo que pasó ayer en la noche la seguridad debe ser el doble. Nunca vi una tormenta así y luego esa luz morada, los caballos casi se me escapan del susto.

— Miz, quiero pedirte algo. Voy a pagarte, claro.

— Muchacho, creí que no te habías aprendido mi nombre.

— Lleva a esta niña al lugar donde me recogiste.

Lían permanecía escondida entre las piernas de Nad. Al enterarse que su abuela murió debido a la golpiza y al no lograr rescatar a ninguno de sus  gatos la tristeza se apoderó de ella. Sólo confiaba en su salvador y no quería soltarlo.

— Sabes que puedes confiar en mí, pero no sé si esta niña lo haga.

— Lían, este es Miz. Te hablé de él ayer, Miz y sus caballos te llevarán con un conocido mío. Me gustaría que te quedaras, de verdad, es sólo que todavía no puedo. Primero necesito hacer algo aquí y en cuanto termine iré por ti.

—¿Lo prometes? – le preguntó la niña escondida todavía.

— Lo prometo.

Nad sacó la última bolsa de monedas que le quedaba y se la entregó a Miz para pagar el viaje y las provisiones que necesitaran. Le pidió al chófer que la llevara sin peligro y  gastara lo que fuera necesario para alimentarla y vestirla.

— Salúdame al viejo cuando lo veas.

— Muchacho, estás más hablador que cuando te conocí.

— Eso creo. Nos vemos.

— Cuídate, muchacho, estaré esperando a que seas un Portador sin anillo.

— Puedes decirme Nad.

—  ¿Conque ya tienes nombre?

—¡Yo se lo puse! – dijo Lían más alegre. — ¡Adiós, Nad! ¡No olvides tu promesa!

—Hasta pronto, Lían.

Nad se alejó de la carreta. Estaba listo para entrar a la capital del mundo.

Los Líderes de cada Legión se reúnen en  la sala del trono para discutir lo que acababa de suceder. Esto no puede ser coincidencia. Que justo una semana antes de que inicien las inscripciones para el examen de Portadores un destello purpura aparezca. El mismo color que según las leyendas desprende el cielo de Bacis. La tierra de los Dioses.