BACIS 1. UN JOVEN SIN NOMBRE

Finalmente esta es una simple historia. Es la historia de un héroe que no sobrevive y el camino que tuvo que seguir para encontrar su muerte. Es la tragedia de un niño al que le robaron su nombre. Es el lamento de un joven que sacrificó a quien más amaba por el bien de todos los mundos. Es la lágrima de un perro que esperó a su dueño. Es el grito de un hombre que tomó con sus propias manos la vida de su maestro. Finalmente este es un simple viaje. El viaje a Bacis. La Tierra de los Dioses.

Del cielo surgió un grito. Los pobladores creyeron que la guerra finalmente había llegado a sus puertas. Atemorizados salieron hacia las cuevas, mismas que escogieron como refugio desde que se enteraron de la guerra diez años atrás. Allá iban agricultores, amas de casa, abuelos y niños.

    Sólo una familia no logró escapar. La madre acababa de dar a luz y reposaba en la cama junto a su hija cuando escuchó el gritó. En el bosque estaban su esposo y su hijo mayor recogiendo leña para la cena. El viento azotó las ventanas, apagó las velas y despertó a la niña, quien pronto comenzó a llorar. Ni los arrullos o las canciones de cuna pudieron calmarla. Por extraño que parezca la bebé volvió a tranquilizarse después de escuchar un toc, toc, toc, toc que iba y venía. Alguien tocaba a la puerta.

La leña cayó de sus manos al escuchar el grito. El padre miró a su hijo, aún muy pequeño para saber el significado de la guerra y lo obligó a que esperara escondido entre las ramas mientras él iba por su madre y su hermana. El  niño de apenas siete años se cubrió con un par de hojas, temeroso de que aquel grito le hubiera hecho algo a su familia.

    Pasaron las horas y nadie vino. Atemorizado y con un trozo de leña a modo de espada se dirigió al pueblo. Siempre le temió a la oscuridad. Sin embargo aprendió  de su padre que uno debe dejar atrás todo temor si las personas a quienes amas están en peligro. Repitiéndose así mismo estas palabras fue acercándose al campo desde donde podían verse ya las fachadas del poblado.

    En los pastizales descansaban varios cuerpos calcinados, otros aún moribundos le pedían al niño que los salvara. Con las llagas en las manos le rogaban que les diera un poco de agua para calmar sus heridas.  Sus amigos sin cabello y con las pestañas carbonizadas lloraban.

—Creí que eran todos, lamento que hayas tenido que ver esto, pequeño.  

Le habló un anciano que estaba en medio de los cuerpos. A sus espaldas dormía una bebé. Esta no se percató de lo que sucedía. Roncaba tranquilamente, como si la persona que la cargaba fuera el arrullo mismo.

—De…, dej…deja ¡Deja a mi hermana! – gritó el niño.

El anciano lo miró unos segundos, volteó al cielo y se quedó una vez más esperando. En cambio, el niño corrió hacia el viejo con el leño en alto, pero antes de alcanzarlo vio a sus padres. De ellos sólo quedaba ese cascaron que eran sus cuerpos.  Un par de bultos que antes de morir se tomaron de las manos para así no perderse el uno del otro hacía donde iban.

—Ahí viene – dijo el anciano.

Esta vez no fue un grito. Sino un trueno. El cielo crujió y las nubes temblaron, los animales del bosque corrieron lo más que pudieron e incluso el viento dejó de soplar. Por un instante el mundo se iluminó, un destello abarcó cada rincón del planeta y de aquella luz apareció un hombre.

—Acabemos de una vez– dijo el hombre que había bajado del cielo.

—Los anillos que les dimos a ti y a tu gente no eran para esto, Lura – respondió el anciano.

— ¿Y tú crees que ellos lo merecen?

—Es una decisión que tomamos. Tal vez siguen sin entender la totalidad de su poder pero estoy seguro que en el futuro sabrán sacarle provecho.

—Te equivocas, intentamos enseñarles desde el principio pero son bestias, animales sin salvación. Jamás comprenderán el regalo que les fue otorgado y la oportunidad que tuvieron para evolucionar.

—Lura. Tus hermanos y tú han hecho un gran trabajo y se los agradecemos. Pero no hay otra cosa que pueda darte además de lo que ya te otorgué. Todo lo hemos dejado en los anillos restantes.  ¿Qué más podría darte? Puede que con mi muerte satisfaga tus deseos.  

—Me falta una cosa.

— ¿Qué?

—Bacis.

El niño tembló al escuchar ese nombre. Bacis. La Tierra de los Dioses.

— Acaba esta guerra y te diré cómo llegar.

— No mientas, anciano. Más guerras vendrán.

El hombre llamado Lura desapareció unos segundos y pronto estuvo frente al anciano. Levantó su mano derecha en la que podían verse cinco anillos como los que utilizaban los Portadores alrededor del mundo. Una de las sortijas hecha de rubí se activó y de sus dedos nació un rayo. El anciano no pudo evitar la embestida, el rayo le atravesó el estómago y antes de caer Lura tomó a la bebé quien lloraba.

—Creíste que no me daría cuenta. Le has dado tu última palabra a esta niña, la convertiste en un recipiente sin sortija. Me pregunto qué palabra le habrás dado y si acaso me será útil. Encontraré Bacis, no puedes impedirlo, y cuando lo haga reclamaré todos los mundos como míos. Y ustedes, Dioses inútiles, vivirán arrepentidos de habernos creado a mí y sus  portales.

— ¡QUE DEJEN A MI HERMANA! – gritó enfurecido el niño.

Lura lo miró. Con el brazo derecho cargaba a la niña,  así que levantó su otra mano y uno de los anillos de un material que no pudo distinguirse volvió a brillar. Un aro se formó en el cielo. A través de él once sombras se movían en un paisaje desconocido. 

— Ven por ella.

    El niño se lanzó hacia Lura pero se percató que no podía moverse. Otro anillo acababa de ser activado.

—De donde yo vengo – comenzó el hombre llamado Lura. – Solemos perdonar la vida de quienes nos enfrentan con una condición. Dime, ¿cuál ojo es el que te gusta más? — acercó su mano al rostro del niño, sonrió, esperó y le  arrancó de tajo el ojo izquierdo. — Mi nombre es Lura, un gusto conocerte.

El hombre y la niña desaparecieron por el aro. En el campo sólo quedaron el anciano moribundo y el niño en estado de shock. Las nubes volvieron a cubrir el cielo y la luna dejó entreverse algunos segundos esa noche.

— Pequeño, de verdad lo lamento.  Sólo hay una cosa que puedo hacer por ti, aunque con ello sufrirás más que hoy. No sé si tu cuerpo pueda soportarlo y si tu alma esté lista, pero esta es la única forma que encuentro para ayudarnos a todos. Escúchame bien.  Tendré que robar tu nombre y enviarlo a Bacis. Encuentra la Tierra de los Dioses y diles que te he enviado, que eres al que le quitaron lo que es. Recorre los mares, las montañas y las ciudades que mis hermanos y yo creamos especialmente para tu gente. Disfrútalas y llega a la última parada. No creas todo lo que te digan y no olvides este día.  Por ahora, pequeño, serás la Nada. NADA. NA DA. N-A-D-A. N. A. D.A. N.A.D. N.A.N….

El anciano susurró al oído del niño esta palabra. Su cuerpo comenzó entonces a convulsionar. Un líquido amarillento le salió por la boca, de la cuenca del ojo izquierdo brotó sangre molida, sus uñas desaparecieron y sus manos se secaron. En el centro del pecho se formó un hueco que con el tiempo iría creciendo hasta consumirlo. La Nada había nacido.

— Adiós, pequeño. Adiós. Recuerda ir a Bacis. En Bacis estará tu nombre.

La carreta se detuvo. El chofer bajó del banco y fue a despertar a su pasajero como le prometió. Al abrir la cabina se preguntó de nuevo si había sido correcto aceptar aquel viaje. En la cama de paja improvisada dormía un joven de aproximadamente 17 años. Iba vestido con una larga capa negra, misma que tenía una capucha para ocultarle el rostro. Además sus manos iban cubiertas con un par de guantes a pesar del calor.

 —¡Despierta! ¡Ya llegamos!

El joven tardó unos minutos en despertar. Se despabiló un poco y salió de la carreta. Sacudió sus pantalones y la capa para remover la paja restante. Estiró los brazos, bostezó varias veces, tomó el costal de equipaje y cuando por fin despertó por completo sacó unas monedas del bolsillo.

 — Gracias por la molestia.

— Viaje pagado, viaje servido – respondió el chófer.

El joven no habló, sólo intentó asentir y dio media vuelta.

— ¡Oye! Nunca me dijiste por qué querías que te trajera hasta acá.

—Vine a ser Portador.

 — ¿Portador? ¿Acaso fuiste elegido por uno de los anillos? – preguntó sorprendido el chófer.

—No, yo no uso anillos.

—Un Portador sin anillos, tiempos raros se avecinan a estas tierras.

—Así es, ve con cuidado y gracias de nuevo por el viaje.

—¡Espera! Antes de que te vayas dime tu  nombre, por si te conviertes en Portador y pueda presumir que fui yo quien te trajo a la ciudad.

— ¿Mi nombre?

— Sí, tu nombre.

—Nada.

— ¿Nada?

—Sí.

—¿Así te llamas?

—No, pero así puedes decirme.

    El chófer miró confundido al joven. Iba a ser alguien importante, habría que recordarlo en el futuro.  No eran sus manos cubiertas, la capa o el parche en el ojo izquierdo. Era algo que no podía entenderse. De verdad parecía que en él sólo había una cosa. Nada.

Adelante se encuentra la ciudad de Otaez. Capital del mundo y sede de la Asociación de Portadores. ¿Quiénes eran los Portadores? ¿Qué misterios guardaban los anillos? ¿A qué se refería el hombre llamado Lura cuando habló de los portales y los otros mundos? Sólo de una cosa podemos estar seguros. Al final de esta historia el héroe muere.